miércoles, 12 de octubre de 2011

NUESTRA SEÑORA DEL PILAR


12 de octubre
NUESTRA SEÑORA DEL PILAR
   Iba el Almirante navegando aquélla incertidumbre de sesenta vacías singladuras, mudo y ensimismado en su paisaje interior de aguas y estrellas. Estaba ungido. Y el Señor se complacía en descubrirle el misterio de aquélla geometría de números y de luz en que fueron creadas todas las cosas al principio. ¡Qué riesgo marear los océanos cuando aún no concierta la bitácora con la Polar, los caminos seguros donde resoplan su gozo ángeles del viento y las sirenas! Pero la corazonada del Almirante le ardía, asomada a los ojos, como un fuego rusiente, para conducir los navíos. ¿No parecían las carabelas, entre el turpial salobre de las olas, tres conchas peregrinas desprendidas del bordón de Santiago? Sí. Después de andar siglos y siglos la dura tierra española, en holocausto de sangre y de batallas, por la unidad de la fe, esta aventura extraordinaria en la inmensidad desconocida de los océanos.

   Los Pinzones, grandes capitanes y ambiciosos, tejen, con la fatiga y el descontento de la tripulación, trampas y trifulcas al Almirante; pero él se recoge, con la seguridad de su fe iluminada, en el regazo de la Biblia. Se navega hacia la desesperación. Y, detrás de cada ola, crece el designio del retorno a Rábida.

De pronto, los pájaros. Inesperadamente, Un vuelo de papagayos y de grullas enhebran, Con las agujas de los mástiles y el hilo de oro del sol, un soneto de luz a la esperanza. El anochecer de vísperas se cierra, como boca de lobo, sin estrellas, abrasado  de vientos tropicales que enloquecen la pasión y la Sangre. El mar, en calma. Y rompe la "Salve, Regina" marinera, tan impetuosa, que atranca el milagro al corazón de Dios, en el nombre de María Santísima. ¡Qué prodigio entonces! El Almirante, vestido de negra ropilla penitente, agarra entre sus manos el gobernalle. Quiere rezar, y no puede, porque sus labios se aferran a una palabra sólo: "Tierra." Después se pone a temblar, él, endurecido de infinitas navegaciones. Una lágrima cristiana de amor enturbia el poder de sus pupilas, que adivinan allí, en lejana frontera del cielo con las aguas, el resplandor parpadeante de un fuego. ¿Se alucinan aún? El reloj que criba las arenas del tiempo, entre aquellas ampollas que parecen dos corazones de cristal, apunta las dos de la madrugada. Un morterazo y un grito: "¡Tierra a la vista!" Y Rodrigo de Triana, como el bello arcángel de la Anunciación, certifica el milagro del descubrimiento.

   Algarabía, abrazos y canciones; los tamboriles vascongados rizan vítores de gloria al Almirante; y una oración: "Bendita sea la luz, - bendita la santa cruz; - y el Señor de la verdad - y la Santa Trinidad; -bendito sea este día - y el Señor, que nos lo envía." Y allí van solemnes las carabelas españolas, esco1tadas de una orla de indios que saltan y juegan como delfines, con el poder del mar..., y parece el cortejo de los tres Reyes Magos que rinden su homenaje a un nuevo mundo recién nacido para la mayor gloria de Dios. En el Diario del Almirante hay esta noticia que resume todos los designios del Descubrimiento: "Yo, para que los indígenas nos tuvieran mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa fe más por el amor que por la fuerza, les di bonetes colorados y cuentas de vidrio, que se ponían al cuello, con lo que habían mucho placer y quedaron tan nuestros que era maravilla." Está fechada un 12 de octubre de 1492, el mismo día que allí la España distante, católica y misionera, honra a su Patrona de los cielos, Santa María del Pilar. ¿Coincidencia? Pero ésta es otra historia de un estupendo prodigio, en el escenario de las aguas del Ebro, acaecido un amanecer original, catorce siglos antes.

   Os lo quiero referir con todo el perfume intacto de una primera relación, escrita por mano anónima, en las últimas páginas del códice de Los Morales de San Gregorio Magno, según puede leerse en los archivos de Zaragoza. Tiene la suave fragancia espiritual de los scriptorios medievales, donde los monjes hilaban la historia, con aquel gozo de oros, azules y bermellones, según los abecedarios de una fe pura y pacífica. Se le creía contemporánea del obispo Tajón, hacia el 631, pero la crítica le ajustó la edad aproximada entre finales del XIII y principios del XIV.

   Y fue que Santiago el Mayor, hermano de Juan el Evangelista, vino a España para anunciar la Nueva Ley de Jesucristo. Cumplía el mandamiento que el Señor les hiciera a los Doce, en su última aparición de resucitado: Predicad el Evangelio a todas las gentes del mundo. El escritor anónimo nos describe la llegada a España, por Asturias; sus viajes misioneros en Galicia; siguiéndole todo su itinerario hasta la España Menor, que es el reino aragonés, que se llama Celtiberia. Dos videntes extraordinarias, las venerables María de Jesús de Agreda y Ana Catalina Emmerich, coinciden en ver a Santiago partir desde Jaffa, tocar Cerdeña en la ruta del mar Mediterráneo y desembarcar, más lógicamente, en Cádiz o Cartagena, para la evangelización de Andalucía. La madre Agreda coloca en Granada un aprieto de muerte para el apóstol, acorralado por sus enemigos, del que le salva la Virgen María viniendo personalmente en su socorro.

   Pero situémosle ya, con el códice gregoriano, en Zaragoza, donde no le acompaña la fortuna en sus trabajos apostólicos. "Aquí predicó muchos días, logrando convertir para Cristo a ocho hombres". ¡Menguada pesca para aquel marino del mar de Tiberíades que había tocado con sus manos las redes abarrotadas de Pedro en aquella pesca milagrosa! Y, cosa muy natural, le rinde el desaliento a Santiago. "Con estos convertidos se entretenía en dulces enseñanzas sobre el reino de Dios, y por la noche iba a una era, cerca del río, donde se echaba en la paja." Ya se presiente el prodigio. Porque, en una de esas largas noches, desveladas por la amargura y la oración instante, percibe en los cielos un camino de luz, sonoro de canciones y de arcángeles. Ave María, gratia plena. ¿Es una alucinación de la fatiga o del viento ululante que baja del Moncayo? No. Es una evidencia estremecedora en sus claridades celestes. La humilde Virgen María, tierna Madre de la Iglesia, que él dejara en Jerusalén, está allí, palpitante, viva, hermosísima, bendiciéndole, hablándole de esta manera: "He aquí, hijo mío Jacobo, el lugar de mi elección. Mira este pilar en que me asiento, enviado por mi Hijo y Maestro tuyo. En esta tierra edificarás una capilla. Y el Altísimo obrará, por Mí, milagros admirables sobre todos los que imploren, en sus necesidades, mi auxilio. Este pilar quedará aquí, hasta el fin de los tiempos, para que nunca le falten adoradores a Jesucristo". Y la cabalgata angélica toma reverente a su Reina, y por un camino de luceros, que será para siempre el Camino de Santiago, le devuelve a su retiro de Jerusalén. Así, tan sencillamente termina el relato de la aparición de María en su carne mortal al apóstol Santiago, en Zaragoza.

   ¿Historia o leyenda? Cuando, en nuestro tiempo, aquel reducido oratorio edificado por los primeros creyentes, se ha convertido en un suntuoso templo de la Hispanidad, abrir este interrogante de duda suena a herejía intolerable. Pero acaso sea mejor que la crítica de dentro y de fuera de España haya cribado rigurosamente tan entrañable suceso. Si se niega la evangelización de nuestra Patria por Santiago el Mayor, nada puede quedar de esta prodigiosa venida de la Virgen, ni de su celeste regalo de la columna. Veamos.

   Los adversarios argumentan en dos direcciones: una teológica; la otra, científica. Y dicen: No parece honorable a la santidad y seriedad de María este andar funambulesco por los aires, ni tampoco coherente con su carácter humildísimo el pedir, en vida aún, que el apóstol edifique un oratorio a su dedicación y culto. Pues, en respuesta, os abro la teología de la Virgen, en aquella Pentecostés, cuando preside a los Doce, la mañana elegida por el Santo Espíritu para introducir a la Iglesia públicamente en la historia del mundo. Sobre todos caen las llamas misteriosas de fuego, que los transforma, de hombres, en consagrados "testigos del Señor Jesús". Aquí, en este ardiente cenáculo, lo veis, se realiza aquella maternidad de gracia -sin estrenar aún- anunciada al mundo por las palabras de agonía de Cristo, en la mutua entrega de su Madre y Juan. Toda maternidad tiene exigencias inviolables y derechos augustos, de sacrificio, de ternuras, de tutelas y socorros cerca de los hijos. Y María, Madre de este pequeño Colegio apostólico y de toda la Iglesia universal. Pues bien; de otro lado, no se pueden negar teológicamente a Nuestra Señora gracias, carismas y dones que hayan sido concedidos a simples mortales, sino que deben atribuirsele en grado eminente. Según la luminosa dialéctica de Santo Tomás de Aquino, María alcanza, en funciones de su divina maternidad, "una grandeza y un poder, de alguna manera, infinitos", pues vive, como si dijéramos, en las mismas fronteras de la Deidad. Tanto, que el bello arcángel de la Anunciación la saluda: "Salve, la llena de gracia." Pues la consecuencia será que este don de las traslaciones o bilocaciones, ya concedido a muchos siervos de Dios, hay que reconocérselo realmente a María, que pudo venir a Zaragoza, sin indecoro circense, sino empujada por un amoroso apego que profesaba a Santiago, sin duda porque el apóstol, en su rostro y en su porte, era una estampa viva de su Hijo Jesucristo. Y como Madre de todos los apóstoles.

   El tema de la dedicación de un oratorio a su nombre y culto puede plantearse, salvando su exquisita humildad. Las relaciones del prodigio nos aseguran que Ella trajo una columna, de origen celeste, como testimonio y signo de fortaleza. Entonces, ¿por qué no pensar que este templo que la Virgen pide a Santiago sea como el Arca de la Alianza antigua, el joyel que guarde el tesoro divino de su pilar? Nos promete una intercesión de gracias, milagros y bendiciones muy acorde con los principios dogmáticos de su maternidad divina. Porque, desde el instante de la Encarnación, para que su consentimiento a la empresa redentora de Cristo fuese racionalmente libre, fue necesario que conociera todo el ámbito de obligaciones y derechos de esa su maternidad, es decir, su condición de corredentora, de intercesora y medianera de todas las gracias. La madre Agreda describe así el encargo al apóstol: "Hijo mío Jacobo, este lugar ha se ñalado y destinado el altísimo y todopoderoso Dios del cielo para que en la tierra le consagres y dediques un templo y casa de oración, donde debajo del título de mi nombre quiere que el suyo sea ensalzado y engrandecido." y así, la humilde "esclavita" de Nazaret, María, busca primero el honor y la gloria del que la hizo grande con su poder, porque es el Altísimo.

   El argumento científico de crítica histórica procede por meras vías de negación. Sin presentar nada positivo, se contenta con calificar de sospechoso que hasta el siglo IX no se encuentren pruebas escritas del prodigio. Mas juzgan inexplicable que los escritores clásicos primitivos omitan su consignación en absoluto: así Idacio, Orosio, San Isidoro de Sevilla, San Julián de Toledo.

Y, lo que es más grave, tratadistas aragoneses como San Braulio y Prudencio. Añádase aún el silencio de las liturgias mozárabes, que acostumbran consignar, en sus calendas, las clásicas conmemoraciones de las iglesias españolas, y estará completo todo lo que hay que oponer a esta gloriosa venida de la Virgen del Pilar a España. Bien.

   Pero comienzan a enfriarse los quilates del argumento si tenemos en cuenta que Diocleciano mandó destruir, por el fuego, todos los archivos de la Iglesia primitiva. Por otra parte, si examinamos las obras de todos los escritores citados, veremos que ninguna de ellas trata temas en los que lógicamente haya lugar para introducir noticias del suceso. Y, entonces, no es demasiado sospechoso que las omitan, máxime cuando se trataba, sin duda, de un hecho perfectamente conocido y en la conciencia profunda del pueblo fiel. ¿Pueden asegurar honradamente los adversarios de la venida de la Virgen que los naturales testigos del suceso -estos escritores religiosos citados- no se ocuparon del tema porque él no aparece en las obras escritas que conocemos? ¿Y las que se pudieron perder entre la intemperie de los siglos?

   Desde el 855 la prueba en favor de la venida y del templo de Zaragoza es abrumadora. Piadosas donaciones que se hacen "a Santa María la Mayor de Zaragoza". La bula del Papa Gelasio II concediendo indulgencias para reconstruir el templo, derruido por el musulmán; Inocencio I, Eugenio III y Alejandro III, que acogen advocación y culto bajo su papal amparo. Los Alfonsos y los Jaimes, reyes aragoneses; Sancho el Fuerte de Navarra; los Berengueres, condes de Barcelona; multitud de obispos y fieles distinguidos, todos tuvieron a honra extender privilegios y legados, cubrir de magníficos dones esta angélica capilla, raíz y decoro de España.

   Por último, la actitud oficial de la santa Iglesia. En las lecciones del Propio de España para este día aceptaba "como piadosa y antigua tradición" la visita de María a Santiago. Clemente XII concedió el rezo de su oficio litúrgico, señalando la fecha del 12 de octubre. Pío VII lo elevó al rango de "primera clase con octava" para el reino de Aragón. Pío IX extendió a todas las diócesis de España el privilegio del oficio y de la misa del Pilar. Y Pío XII, en una comunicación de la Sagrada Congregación de Ritos -fecha 14 de febrero de 1958-, concedió a todas las iglesias y oratorios de España, Iberoamérica e islas Filipinas "la misa propia de la Bienaventurada Virgen María del Pilar."

   Pero hay otra congruencia de filosofía de la historia. Los pueblos, en la armonía del mundo, como cada uno de los hombres, tienen asignado un destino en la providencia de Dios. Poniendo a Santiago como raíz de España, ya que él siembra lo permanente del hombre, toda nuestra historia se articula maravillosamente. Apóstol de la Verdad del Evangelio con una temperatura "militante", él derrama en la sangre española de nuestro cuerpo nacional aquellos ardores que el mismo Cristo define como "Hijo lel Trueno". Vendrá la Reconquista para contrastar ocho siglos de un temple y de constancia aterradores, en holocausto de la unidad de nuestra fe. Y en las más dramáticas ocasiones el "Señor Santiago Caballero" combatirá la victoria de nuestros soldados. Y el mar: la definición de España como una unidad católica universal, adelantada de la fe de Cristo, que bautiza veinte naciones americanas para que recen, en castellano, el padrenuestro, el avemaría, el "Gloria al Padre", en un rosario colosal de alabanzas a la Trinidad, por Cristo Redentor, en el nombre de María Santísima. Y así es.

   Iba el Almirante ensimismado en su paisaje interior de aguas, de estrellas, pero seguro. Allí, en las lejanías originales de España, gemía Santiago su misionar como inútil, con los pocos creyentes que le siguen. Pero aquella siembra de amarguras y de sangre florece con ímpetu milagroso de fecundidad. Es la hora lel premio, la fe de este Almirante, que marca lo imposible en un navío que tiene nombre de Virgen: la Santa María. Y así Ella, que junto a las aguas del Ebro bautizó el alma de España, ahora arranca del sueño miliario estos millones de indios inocentes, como recién nacidos que España cristianiza a mayor gloria de Dios. Y este 12 de octubre bandean a victoria todas las campanas de las dos orillas; y hay un triunfo de banderas, un nurmullo de espumas, un gran vuelo de cóndores andinos, que cantan, bajo la Cruz del Sur, la gran antífona agradecida de la hispanidad, con toda la cristiandad arrodillada: Bendita y alabada sea la hora en que la Virgen Santísima vino en carne mortal a Zaragoza. Bendita sea por siempre y alabada. Amén.
                                                    
FERMÍN YZURDIAGA LORCA*

NUESTRA 
SEÑORA DEL PILAR
Doble de Primera Clase - Ornamentos blancos
   Cuenta una piadosa tradición que, estando el Apóstol Santiago el Mayor cierta noche en oración a las orillas del Ebro, se le apareció la Santísima Virgen María, viviendo aún en carne mortal, para consolarles y esforzarle a proseguir en España su obra de evangelización, y que allí mismo le mandó construir un templo en honor suyo, como lo hizo, ayudado de algunos discípulos. Este templo vino después a convertirse en la actual basílica del Pilar, centro de grandes peregrinaciones.
   Virgen bendita del Pilar, guarda a tu España en medio de los vaivenes y a despecho de los ataques de sus enemigos, pues tu bendito Pilar, gastado de besos, cifra sus inconmovibles esperanzas. Mira por esta raza hispano-americana, que ha dado al mundo tantos varones ilustres y al cielo tantos Santos.

   Introito
    INTROITUS Salve sancta Parens, eníxa puérpera regem: qui caelum terrámque regit in saécula saeculórum. Ps. 44, 2. Eructávit cor meum verbum bonum: dico ego ópera mea Regi. V. Gloria Patri.   Introito - Salve, santa Madre, que pariste virginalmente al Rey que rige cielos y tierra en los siglos de los siglos. - Ps. Mi corazón exhaló una bella canción: al Rey le dedico mis obras.V. Gloria al Padre.
Oración-Colecta
   ORATIO - Omnípotens sempitérne Deus, qui per gloriosíssimam Filii tui Matrem caeléste praesídium nobis mirabíliter praeparasti: concéde propítius; ut quam peculiári t´titulo de Colúmna pia devotióne venerámur auxilio. Per eúndem Dóminum.   R. Amen    Omnipotente y sempiterno Dios, que maravillosamente nos preparaste celestial defensa en la gloriosísima Madre de tu Hijo: concédenos propicio que, venerándola con piadosa devoción con el especial título del Pilar, seamos protegidos con su perpetuo auxilio. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.   RAmen.
        Epístola
EPISTOLA   Lectio Libri Eccli. (XXIV, 14-16)  - Ab initio, et ante saecula creata sum, et usque ad futurum saeculum non desinam et in habitatione sancta coram ipso ministravi. Et sic in Sion firmata sum et in civitate sanctificata similiter requievi et in Hierusalem potestas mea. Et radicavi in populo honorificato et in parte Dei mei hereditas illius et in plenitudine sanctorum detentio mea.
   Desde el principio y antes de los siglos ya recibí yo el ser, y no dejaré de existir en todos los siglos venideros; y en el Tabernáculo santo cité el ministerio mío ante su acatamiento. Y así fijé mi estancia en el monte Sión, y el lugar de mi reposo fue la Ciudad santa, y en Jerusalén está el trono mío. Y me arraigué en un pueblo glorioso, y en la porción de mi Dios, la cual es su herencia; y mi habitación fue en la plena reunión de los santos(1).
   GRADUALE Benedicta et venerábilis es, Virgo María: quae sine tactu pudóris invénta es Mater Salvatóris. V. Virgo, Dei Génitrix, quem totus non cápit orbis, in tua se clausit víscera factus homo.    Alleluia, alleluia. V. Post partum, Virgo, invioláta permansísti: Dei, Génitrix, intercéde pro nobis, Alleluia.   Gradual - Bendita y venerable eres, Virgen María, pues sin el más leve menoscabo de tu integridad virginal llegaste a ser Madre del Salvador. V. Oh Virgen, Madre de Dios, Aquel que no cabe en todo el orbe, hecho hombre, se encerró en tu seno.
   Aleluya, aleluya - V. Después del parto permaneciste Virgen intacta; Madre de Dios, intercede por nosotros. Aleluya. 
Evangelio

USequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam (11, 27-28)
   In illo témpore: Loquénte Jesu ad turbas, extóllens vocem quaedam mulier de turba dixit illi: Beatus venter qui te portavit et ubera quae suxisti. At ille dixit: Quinímmo beati qui audiunt verbum Dei et custodiunt  illud.
Credo.
 UContinuación del Santo Evangelio según San Lucas   En aquel tiempo: Hablando Jesús al pueblo, levantó una mujer la voz de en medio del concurso y le dijo: Bienaventurado el vientre que te llefó, y los pechos que te amamantaron. Pero Jesús respondió: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.  Credo
   OFFERTORIUM Luc. 1, 28 et 42 - Ave, María, grátia plena; Dóminus tecum: benedícta tu in muliéribus, et benedíctus fructus ventris tui.   Ofertorio -  Dios te salve María, llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita eres entre todas las mujeres; y bendito es el fruto de tu vientre. 
Oración-Secreta
   Tua Dómine, propitiatióne, et beatae Maríae semper Vírginis protectióne, ad perpétuam atque praeséntem haec oblátio nobis proficiat prosperitátem et pacem. Per Dóminum.    Aprovéchenos, Señor, esta oblación, para que por tu gracia y por la intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María, logremos la dicha y la paz en esta vida y en la eterna. Por J. N. Señor.
   Prefacio de la Sma. Virgen   
  Vere dignum et justum est, aequum et salutare, nos tibi semper, et ubique gratias agere: Domine sancte, Pater omnipotens, aeterne Deus: Et te in Festivitate Pilar beátae Maríae semper Virginis collaudárae, benedícere et praedicáre. Quae et Unigénitum tuum Sancti Spíritus obumbratióne concépit: et virginitátis glória permanénte, lumen aeternum mundo effúdit, Jesum Christum Dóminum nostrum. Per quem Majestátem tuam laudant Angeli, adórant Dominatiónes, tremunt Potestátes, Caeli, caelorúnque Virtútes, ac beáta Séraphim, sócia exsultatióne concélebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admítti júbeas deprecámur, súpplici confessióne dicéntes:    Sanctus, Sanctus, Sanctus...   Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que te demos gracias en todo tiempo y lugar oh Señor Santo, Padre todopoderoso y eterno Dios. Y el alabarte, bendecirte y glorificarte en la fiesta del Pilar de la bienaventurada siempre Virgen María, que, habiendo concebido a tu único Hijo por virtud del Espíritu Santo, dio a luz, conservando siempre la gloria de su virginidad, a la Luz eterna, Jesucristo nuestro Señor. Por quien los Ángeles alaban a tu Majestad, las Dominaciones la adoran, y las Potestades la temen. Los Cielos y las Virtudes de los cielos, y los bienaventurados Serafines celebran juntos tu gloria transportados de mutuo regocijo. Haz, Señor, que unamos nuestras voces con las suyas diciéndote con humilde confesión: Santo, Santo, Santo, etc.
   COMMUNIO Beáta víscera Maríae Virginis, quae portavérunt aetérni Patris Filium.   Comunión. - Bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que llevaron al Hijo del eterno Padre.
Oración-Postcomunión 
   Sumptis, Dómine, salútis nostrae, subsídiis: da, quaesumus, beátae Maríae semper Vírginis patrociniis nos ubíque prótegi; in cujus veneratióne haec tuae obtúlimus majestáti. Per Dominum.   Habiendo recibido la prenda de nuestra salvación, haz, Señor, que merezcamos ser amparados en todo lugar y tiempo con la protección de la bienaventurada siempre Virgen María, en cuya memoria hemos ofrecido este sacrificio a tu Majestad. Por Jesucristo Nuestro Señor.

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