CONSAGRACIÓN DE LA REPÚBLICA ARGENTINA AL INMACULADO CORAZÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA



CONSAGRACIÓN DE LA REPÚBLICA ARGENTINA AL INMACULADO CORAZÓN DE  LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA 




   El 30 de noviembre de 1969 la República Argentina fue consagrada al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María.

   Arrodillado a los pies de la Santísima Virgen de Luján, el entonces Presidente Onganía leyó la fórmula consagratoria:

   Madre de Dios: Señora de Luján, a quien nuestro Pueblo os llama también la Virgen de  Itatí; Madre del Nordeste argentino; Señora de Sumampa en Santiago del Estero y Virgen de Catamarca; Milagrosa Imagen de la Virgen en Santa Fe y Virgen del Milagro en Salta, ante Vos estamos aquí reunidos.
   Nuestra bandera tiene el mismo color de vuestra túnica y manto. Nuestra historia os venera en sus dramas y en sus júbilos. Virgen del Rosario, la Reconquistadora; Virgen del Carmen, patrona del ejército emancipador por voluntad del Libertador de medio continente, patrona del pueblo argentino y de sus regimientos militares; Virgen de Loreto, patrona de la Marina y la Virgen de la Merced, Generala de nuestro Ejército. Nuestros próceres y héroes os invocaron antes de la batalla y después de la victoria. Aún se escucha la voz de san Martín, Belgrano, de Pueyrredón, de Güemes, de Lamadrid y de Díaz Vélez: ¡Salve Señora de Nuestro Pueblo!. Es que es la Argentina de hoy y de siempre la que da carril y empuje a esta manifestación de fe. Fieles a Vos, leales al país y a nuestra historia, nos sumamos al testimonio de Fe que nos legaron los fundadores de la Patria y, conscientes de la responsabilidad que impone a todos esta hora del mundo, llegamos a Luján, pago y santuario entrañablemente nuestro, de todos los argentinos, para consagrar a Vuestro Inmaculado Corazón, Nuestra República y todos nuestros esfuerzos, implorando bendiciones por la grandeza de la Patria. Así sea".





LA INMACULADA VIRGEN DE LUJÁN

Textos tomados de la "Novena a Nuestra Señora de Luján" del R. P. Jorge María Salvaire.
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Origen de esta Santa Imagen.

   En el reinado de Felipe IV, cuando el reino de Portugal estaba pacíficamente sujeto a la corona de Castilla, por cuyo motivo portugueses y castellanos comerciaban entre sí libremente como vasallos de un mismo Soberano; y según el mejor cómputo que puede conjeturarse, por los años de 1630, cierto portugués (cuyo nombre se ignora, pero se sabe fue vecino de la ciudad de Córdoba del Tucumán, y hacendado en el pago de Sumampa) por no carecer de misa, principalmente en los días festivos en su hacienda, que dista de Córdoba 40 leguas, trató de hacer en ella una capilla, la que quiso dedicar a la Virgen Santísima. Con este designio escribió a otro paisano le mandase del Brasil un busto o simulacro de Nuestra Señora, en el misterio de su Inmaculada Concepción, para colocarla en dicha capilla, que ya estaba construyendo.

   En virtud de este encargo se le remitieron desde el Brasil, no una sola, sino dos imágenes de la Concepción, para que escogiera la que mejor le pareciese. Vinieron ambas, bien acondicionadas, cada una en su cajón aparte, para que, como eran de barro cocido, no tuviesen alguna quiebra. El que trajo el encargo de estos cajones era también portugués, y como quieren algunos, capitán de navío, y habiendo llegado con felicidad al Puerto de Buenos Aires, los acomodó a entrambos en un mismo carretón, y personalmente los condujo hasta la estancia de Rosendo Oramas, sita cinco leguas más allá de lo que es ahora la Villa de Luján, y aquí paró e hizo noche.

   Al día siguiente por la mañana trató de proseguir su viaje para Córdoba y Sumampa, pero sucedió que uncidos al carretón los bueyes, por más que tiraban, no podían moverlo ni un paso. Admirados de la novedad los circunstantes le preguntaron qué carga traía. Respondió que la misma de los días antecedentes, en que habían andado sin la menor dificultad, por no ser muy pesada y pasando a individualizar añadió: "Vienen aquí también, dos cajones con dos imágenes de la Virgen, que traigo recomendados para la capilla nueva de Sumampa".

   Discurriendo en tan extraña novedad algún misterio, uno de los que estaban presentes (quizá no sin inspiración divina), dijo: "Señor, saquen del carretón uno de estos cajones y observemos si camina". Así se hizo, pero en vano, porque por más que tiraban los bueyes el carretón estaba inmóvil. "Truéquense, pues, los cajones", replicó el mismo, "veamos si hay en esto algún misterio". Sacóse el cajón que había quedado, y cargóse el que se había sacado, y luego sin más estímulo tiraron los bueyes, y movióse sin más dificultad el carretón.

   Empieza el culto de Nuestra Señora de Luján.  
Se le levanta una pequeña capilla.

   Desde luego entendieron todos ser de particular disposición de la Divina. Providencia, que la imagen de la Virgen encerrada en aquel cajón se quedase en aquel paraje, como en efecto se quedó, siguiendo la otra a su destino. Abrióse el cajón, y encontróse una estatuilla de la Purísima Concepción, de media vara de alto: imagen hermosísima de la Virgen, con las manos juntas ante el pecho, y el ropaje labrado de la misma materia. Al punto la veneraron todos, y divulgándose luego el portento acaecido, empezaron los fieles a venerar la Virgen Santísima en aquella su Santa Imagen, y Ella correspondió manifestándose con repetidos prodigios y maravillas.

   No después de mucho tiempo, a corta distancia de la casa de dicho Rosendo, se levantó una pequeña capilla, y se destinó un negrito de poco mas de ocho años llamado Manuel, natural de Angola, de rara candidez y simplicidad, para que cuidara del culto de la Santa Imagen. Había venido este negro del Brasil con su amo, conductor que fue de las Sagradas Imágenes; el cual, algunas veces antes de morir en casa de Rosendo, en Buenos Aires, le dijo, que era de la Virgen y que no tenía otro amo a quien servir más que a la Virgen Santísima. De facto se aplicaba este negro con tanta solicitud al culto de esta Divina Señora, que nunca tenía a su imagen sin luz, y con el sebo de las velas que ardían en su presencia, hacía prodigiosas curaciones en varios enfermos que concurrían a la capilla.

La Santa Imagen es trasladada 
 a la casa de Doña Ana Matos.

   Por muerte de Rosendo Oramas, y por los atrasos de su estancia, vino a quedar la capilla de la Virgen casi en despoblado aunque el negrito Manuel nunca la desamparó. El era el que cuidaba de su limpieza y aseo, y de buscar de tener siempre velas encendidas ante su Sagrada Imagen. Como eran tan continuos los prodigios que, se experimentaban, era también incesante el concurso de la gente que venía de lejos en romerías a visitar la Imagen de Nuestra Señora. Padecían los peregrinos algún desconsuelo por no haber en aquel paraje casa ni rancho donde poderse hospedar y frecuentar las visitas. Deseosa de remediar esta necesidad, y ansiosa de que se aumentasen los cultos a la Purísima Madre, cierta señora llamada doña Ana Matos, viuda que era del Sargento Mayor D. Marcos de Sequeyra, pidió al heredero de dicho Rosendo (que ya había muerto) , llamado el maestro Juan Oramas, Cura Párroco que fue de la Iglesia Catedral le Buenos Aires, le concediese dicha imagen, asegurándole la cuidaría y le haría capilla en su estancia, que estaba más cerca de Buenos Aires, y como cuatro o cinco cuadras de donde está hoy la iglesia.

   No tuvo mucha dificultad en condescender a la propuesta el maestro Oramas porque se persuadía que los concurrentes a la Capilla le robaban el ganado de la estancia, y dicha Señora Doña Ana correspondió agradecida en darle alguna gratificación, no menos de doscientos pesos. Llevóse, pues, la Santa Imagen a su casa, colocóla en cuarto decente con ánimo de edificarle en breve capilla pública. Pero al día siguiente advirtió, no sin susto, que no estaba la Imagen en donde la había dejado el día antes, ni apareció en toda la casa, por más que la buscó. Afligida con este cuidado le vino el pensamiento si la Virgen habría vuelto a su antigua capilla de Oramas; hizo diligencia para averiguarlo y halló ser así como lo había pensado. Volvió por ella por segunda. vez y por segunda vez volvió a faltar de su casa y a encontrarse en la primera capilla sin recurso alguno humano.

Se vuelve a traer procesionalmente la imagen.

   Desconsolada Doña Ana con tan extraña novedad, ya no se atrevió a llevarla por tercera vez porque discurrió sucedería lo mismo que las dos anteriores, y por otra parte, temió castigase la Virgen su porfía, cuando a su parecer le daba a entender que no gustaba estar en su casa. No obstante, movida de luz superior, tomó la acertada resolución de participar esta novedad a entrambos Cabildos eclesiástico y secular de Buenos Aires. Ya para entonces era famosa en esta ciudad la imagen de Nuestra Señora de Luján, por los repetidos milagros que contaban los que en sus aflicciones la invocaban, por lo que fácilmente fue creída dicha Doña Ana, cuando vino a dar parte del suceso a los superiores eclesiásticos y seculares.

   Conferenciaron entre sí el caso el Ilmo. Sr. Obispo, que lo era de esta diócesis D. Fr. Cristóbal de la Mancha Velazco, y el Gobernador, que lo era de esta Provincia el Sr. Andrés de Robles, y resolvieron sería conveniente que ambos fuesen a cerciorarse mejor de este portento, y a trasladar la Santa Imagen a la hacienda de dicha Doña Ana Matos, en donde los vecinos de Buenos Aires pudiesen hacer con menos incomodidad sus romerías. A los señores Obispo y Gobernador siguieron varios personajes de ambos Cabildos, con un sinnúmero de gente, dirigiendo todos su camino a la estancia de Oramas.

   Bien informados sobre la verdad del suceso, levantaron en andas la milagrosa Imagen, y formando una devota procesión en que todos iban a pie y muchos enteramente descalzos, se encaminaron a la casa de dicha doña Ana. Como el trecho era largo no fue posible llegasen ese día; por la que entrando la noche todos hicieron estación en la Guardia antigua que estaba en tierra de don Pedro Rodríguez Flores. Al salir el sol se prosiguió la procesión con soldados de guardia hasta llegar a la casa de la expresada doña Ana. Aquí se erigió en un aposento un altar en que se colocó la Santa Imagen, y el Ilmo. dio facultad para que en él se celebrase misa. Por espacio de tres días consecutivos se cantaron misas solemnes, haciendo las gentes demostraciones de regocijo.

Se edifica una nueva Capilla. 

   Algún tiempo estuvo la imagen de la Virgen colocada en un aposento que servía de oratorio en la casa y vivienda de dicha doña Ana; pero después, tratando de formarle una capilla para su mayor culto y decencia, donó y señaló a la Virgen una cuadra de tierra perteneciente al territorio de su misma estancia, distante cuatro cuadras de su misma vivienda, y mandó que edificada la capilla, en ningún tiempo se mudase dicha imagen en otro paraje; y asimismo para la conservación de las limosnas de ganado, que los devotos ofrecían a la divina Señora, donó y señaló en la misma estancia, río abajo de la otra banda, un cuarto de legua.

   Por los años 1677 se empezó en dicho paraje la obra de la nueva capilla, cuyos cimientos abrió un religioso carmelita portugués llamado Fr. Gabriel. Corrió la obra, con alguna lentitud, hasta que Dios quiso adelantarla con el siguiente milagro. Por los años de 1684 sucedió que don Pedro Montalvo, clérigo presbítero en Buenos Aires, enfermó gravemente de unos ahogos asmáticos que en poco tiempo lo redujeron a tísico confirmado, resolvióse venir a visitar a Nuestra Señora de Luján con ánimo de vivir o morir en su compañía. Unas leguas antes de llegar a la vivienda de doña Ana, le apretó de tal manera el accidente que lo tuvieron por muerto los compañeros. Lleváronlo como pudieron, y el negro Manuel, viéndolo en aquel desmayo, le ungió el pecho con el sebo de la lámpara y con esto volvió en su acuerdo. Luego después le dijo que tuviese y creyese que había de sanar perfectamente de su enfermedad, porque su ama (así llamaba a la Virgen) le quería para su primer capellán; y que así debía de suceder.

   Luego echó mano de algunos de aquellos cardillos y abrojos que solía guardar cuando los despegaba del vestuario de la imagen, según dejamos dicho, mezclados con un poco de tierra del barro que sacudía de sus fimbrias, y pidió a cierta señora, llamada doña María Díaz, le hiciera de todo ello un cocimiento. Diósele a beber al enfermo en nombre de la Santísima Virgen, y con sólo este remedio, quedó libre de sus ahogos y enteramente sano.

   El Padre Montalvo, agradecido al beneficio de su milagrosa salud, promovió con esfuerzo la devoción a la santa imagen, celebrando anualmente y con toda solemnidad la fiesta de la Inmaculada Concepción, el día 8 de Diciembre; y con los repetidos elogios que se experimentaban, tomó la devoción a la Virgen de Luján tanto vuelo, que no sólo los vecinos de Buenos Aires, sino también los de las provincias muy remotas, venían en romería a buscar en este Santuario el remedio de sus males.






SOLEMNE CORONACIÓN PONTIFICIA

"Historia de Nuestra Señora de Luján" 
Buenos Aires, 1932
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    La solemne coronación de Nuestra Señora de Luján, tuvo lugar en el IV Domingo después de Pascua, en la que se fijara en Roma su fiesta especial, y la que cayó en 1887 el día 8 de mayo.

   Revistó todas las proporciones de un verdadero acontecimiento, cuya memoria será imperecedera entre los millares de católicos que lo presenciaran.

   Jamás se vio en Luján ni en pueblo alguno de la República, ni quizás en otro de América alejado de la Capital, una concurrencia semejante a la que invadi6 esta Villa en el día de la Coronación. Calculóse en 40.000 el número de personas que asistieron a la imponente manifestación de fe religiosa, venidas de la Capital, de Montevideo, y puede decirse de todas las poblaciones de la campaña y de la República entera.

   Las calles y plazas de la Villa, así como la mayor parte de sus casas, estaban profusamente adornadas con banderas de todas las nacionalidades, vistosos gallardetes e innumerables escudos alusivos a la memorable circunstancia.

   Terminada la Misa, el Excmo. Señor Arzobispo, designado por Su Santidad para coronar la Santa Imagen en representaci6n de su Augusta Persona, se revistió del amito, alba, y de la capa pluvial, ciñendo por vía de cíngulo, una faja de seda blanca con bordados y flecos de oro, llevada por mucho tiempo por el Sumo Pontífice León XIII, y que había traído de Roma el señor Comisionado para el efecto de la Coronación, la que figura ahora en el Museo Colonial e Histórico de Luján.

   Enseguida, acompañado de los Señores Obispos de Cuyo, de Montevideo, de Claudiópolis, de los Señores Vicarios Capitulares de C6rdoba y de Salta, se acercó al altar con la mitra en, la cabeza y el báculo pastoral en la mano, inclinó la frente ante la venerable Imagen, se arrodilló y entonó el "Regina Coeli", que continuaron el clero y el coro de los cantores.

   Entretanto, el Señor Arzobispo subió a la tarima en que estaba el nicho de la Virgen, precedido de un acólito y de un sacerdote que llevaba la diadema, y que era el P. Salvaire, el mismo Señor Comisionado, alma de toda la fiesta.

   Llegado a la presencia de la Imagen, la saludó reverente, la incensó por tres veces, y tomando respetuosamente la corona la colocó conmovido en la cabeza de la Virgen diciendo: "Sicut per manus nostras coronaris in terris, ita et a Christo gloria et honore coronari mereamur in coelis", así como eres coronada en la tierra por nuestras manos, del mismo modo merezcamos ser coronados en el cielo de gloria y honor por Cristo Nuestro Señor. En ese mismo momento, todas las bandas de música rompieron a tocar marchas triunfales, los batallones hicieron una triple descarga de fusilería; se dispararon cohetes y bombas; repicaron las campanas y se echaron a volar gran número de palo mas blancas que arrastraban en pos de sí largas cintas de colores inmaculados y pontificios, como mensajeras del júbilo que llenaba los corazones de todos los que tenían la dicha de asistir a aquel espectáculo sorprendente; y al mismo tiempo viéronse correr por todos los semblantes lágrimas de dulce e indecible emoción.

   Puede afirmarse que la Coronación de Nuestra Señora de Luján ha sido un acontecimiento espléndido y sin rival en los fastos religiosos de las Repúblicas Sudamericanas.

¡Loado sea Dios!
¡Loada sea María Inmaculada!
¡Loada sea especialmente la Virgen de Luján! 


DEVOCIÓN DE NUESTROS PRÓCERES
A LA REINA DE LUJAN

   La historia de la Nación muestra cómo los grandes que la forjaron tuvieron gran devoción a la Santísima Virgen, y la mayoría de ellos testimonió esa devoción bajo la advocación de Luján, reconociéndola como Madre, Patrona y Reina de estas tierras.

   Es el Gral. Belgrano quien viene a poner bajo Su Santísima protección a sus pobres y pequeñas tropas. y se manifiesta la intercesión de Nuestra Reina en las victorias que luego logra este General, como él mismo reconoce en nota al Cabildo de Luján:


   "Por la Patria. Al Señor Presidente y demás Señores del Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento de la Villa de Luján, General del Ejército Auxiliar del Perú:
   Remito a Usía dos banderas de división, que en la acción del 20 de Febrero, se arrancaron de las manos del enemigo, a fin de que se sirva presentarlas a los pies de Nuestra Señora a nombre del Ejército de mi mando, en el templo de ésta, para que se haga notorio el reconocimiento en que mis hermanos de armas y yo estamos a los beneficios que el Todopoderoso nos ha dispensado por su mediación; y exciten con su vista la devoción de los fieles para que siga concediéndonos sus gracias. Dios guarde a Usía muchos años.
Jujuy, 3 de Mayo de 1813.
Manuel Belgrano"

   Es también el Gral. French, jefe del Regimiento 3 de Infantería, émulo del Gral. Belgrano, quien busca el amparo de la Virgen de Luján en momentos inciertos para la Patria. Así, mientras uno libra la dura batalla de Tucumán, el otro jura con su regimiento el Patronazgo de Nuestra Señora, encendiendo el Corazón de sus tropas con esta patriótica y mariana arenga:

    "Soldados, después de lo que habéis visto y hecho, no necesitáis de mis palabras para proceder con entusiasmo a este otro acto tan grande como es el juramento de la Patria. Somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen. Jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. En la fidelidad estará vuestra gloria. Al que faltare a su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden."



LA DEVOCIÓN DE LOS PAPAS, OBISPOS, SACERDOTES, MONARCAS y VIRREYES A NUESTRA SEÑORA DE LUJÁN 

   Ya en 1761 se tributa culto público y solemne a la Purísima e Inmaculada Concepción bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján. El Sr. Obispo de Buenos Aires, Fr. Cristóbal de la Mancha y Velasco celebró a sus pies misa de Pontifical. En aquellas épocas, todos los obispos de Buenos Aires demuestran tener como principal honra el poner bajo la protección de la milagrosa imagen a su diócesis. Y no sólo ellos, sino también los obispos del Paraguay, de Santa Cruz de la Sierra del Alto Perú, de Córdoba, de Arequipa, de Guadamanga, el obispo de Montevideo, el Arzobispo de Chile, innumerables prelados y clérigos y los Dele gados Apostólicos representantes de la Santa Sede en esos tiempos de cristiana e hispánica Fe en las tierras del Plata.

   Los Sumos Pontífices Clemente XI, Clemente XIV, Pío VI, Pío IX y León X han dado numerosos Documentos con el fin de desarrollar en los fieles la devoción a Nuestra Señora de Luján. En este santuario se albergó en 1824 el futuro Papa Pío IX. Es también el Cardenal Pacelli, luego Pío XII, quien se postra reverente a Sus plantas, siendo legado papal en Buenos Aires con motivo del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, "la más grande manifestación de Fe de todos los tiempos", según sus propias palabras. Estos dos Pontífices proclamaron los dos últimos dogmas marianos: la Inmaculada Concepción y la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los Cielos.

   A los pies de la Sacrosanta Virgen de Luján han pasado en número incontable los gobernadores de casi todas las provincias del Virreinato del Río de la Plata; innumerables virreyes entre los que se cuentan el Virrey Ceballos, Vértiz, Arredondo, Avilés y Del Pino; y también ha manifestado su amor por esta advocación el rey de la cristianísima España Fernando VI.

   Todo lo cual demuestra que lo más respetable y católico de la sociedad ha tenido siempre por gran honra venerar a Nuestra Santísima Señora de Luján.



ORACIONES   
A  
NUESTRA SEÑORA DE LUJAN

(Del "Manual del devoto de Ntra. Sra. de Luján" 
del R. P. Jorge Marta Salvarle)

   Dios os salve, ¡oh portentosa y coronada Virgen de Luján! fundadora de esta Villa donde quisisteis recibir culto en la milagrosa Imagen que dejasteis en ella, como prenda de vuestra protección a estos pueblos del Plata. ¡Oh gran Reina, a Vos acuden éstos confiadamente cubriéndose con el manto de vuestra protección, pues a cuantos imploran vuestro patrocinio, les abrís las entrañas de vuestra misericordia maternal Vos sois el auxilio de los cristianos, la madre de los huérfanos, la defensa de las viudas, el abrigo de los pobres, el consuelo de los afligidos, la redención de los cautivos, la salud de los enfermos, la estrella de los navegantes, el puerto seguro de los náufragos, el amparo y escudo de los combatientes, la corona y el triunfo de los vencedores, la esperanza de los moribundos, la vida, en fin, de vuestros devotos. Proteged, gran Señora, a vuestra Villa y a vuestro pueblo argentino en sus diversas provincias. Conceded igual protección a los pueblos hermanos del Uruguay y del Paraguay, y conservadlos en inalterable concordia; mantenedlos en la fe católica a pesar de las maquinaciones de las sectas; dadles sacerdotes celosos de su salvación, autoridades honradas y cristianas e inspirad a todos fe, abnegación y caridad. Oíd favorablemente a los numerosos devotos que, de todas partes acuden a Vos en sus necesidades, confiados en vuestra protección, a los que os visitan y veneran en vuestra milagrosa Imagen de Luján. Acordaos siempre, ¡oh Reina del Plata!, de vuestros protegidos; defendedlos contra la malicia de sus adversarios y contra su propia flaqueza, a fin de que lleguen a la patria celestial donde os alaben en la gloria del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, por los siglos infinitos. Amén.

De la "Novena a Nuestra Señora de Luján", 1892:

   ¡Virgen querida de Luján! Tres siglos y medio han pasado desde aquel día glorioso para nuestra tierra, en que os quedasteis en los campos de Luján, para elegir y santificar nuestro pueblo, a fin de que vuestro nombre permaneciera, entre nosotros eternamente. Desde entonces, puede decirse que han pasado tres siglos de favores vuestros en beneficio del pueblo argentino. ¡Cómo hemos respondido a tanta generosidad\ ¡Cómo hemos pagado tanto amor!

   ¡Ah Señora! Todo es poco para vuestra gloria. Pero no os hemos olvidado y os pedimos que aceptéis el obsequio humilde de nuestra gratitud.

   Pobre, pequeño era vuestro primer santuario. Os debíamos un trono mejor y el caudal del rico y el óbolo del pobre fueron colocando, una a una, las piedras de la basílica que hoy es vuestra morada de Reina. Pobre, humilde era vuestra veste y la corona que ceñía vuestras sienes de emperatriz y el caudal del rico y el óbolo del pobre fabricaron la diadema de oro y de perlas, que adorna vuestra frente.

   Obras materiales, tienen sobre su valor de tales, un valor digno de Vos. Cada piedra de vuestro templo, cada perla de vuestra corona es un corazón argentino rendido a vuestros pies, un corazón argentino, cuyo amor hacia Vos, tiene la eternidad de la piedra y cuya fe resplandece, con más luz que todos los diamantes de la tierra. Las flechas de tus campanarios que rasgan las nubes, que aspiran llegar a vuestro trono celestial y la bronceada voz de sus campanas es el himno elevado a vuestra historia y que repiten sin cesar, los labios de vuestros hijos. En una palabra, todo es la gratitud del pueblo argentino, a Vos, Virgen Santísima, fundadora de la Villa de Luján, protectora del pueblo, Reina de la Patria, Generala de sus ejércitos, Madre y Señora de sus hijos.

   Aceptad esta ofrenda y por ella, encerradnos siempre en el santuario de vuestro amoroso corazón y coronadnos un día, con la diadema de los justos, en el cielo.

   ¡Oh Inmaculada Virgen María! Que habéis querido ser venerada por los fieles bajo el título de Nuestra Señora de Luján, manifestando en la Imagen que Os está dedicada en aquel pueblo, vuestro poder, vuestro amor y vuestra gloria; tened compasión de nosotros y líbranos de tantos males como nos rodean. Haced que reine en las familias el espíritu religioso de nuestros mayores; conservad a la mujer cristiana en la práctica santa de la religión; preservad a la niñez y a la juventud de los peligros del vicio; iluminad a los que gobiernan. Apartad de nosotros toda peste; fecundad con lluvias oportunas nuestros campos; bendecid sus frutos, haciéndolos saludables. Convertid, Virgen piadosísima, a los pecadores, que atraen sobre las naciones los castigos del cielo. Escuchad ¡Oh Madre de Clemencia!, el amor que de toda la República llega hasta vuestro glorioso Santuario y colmadnos a todos de vuestras maternales bendiciones. Amén.


LA BASÍLICA

     


   El actual Santuario de Nuestra Señora de Luján, obra magnífica levantada por el amor mariano de un pueblo que en medio de guerras, malones y epidemias tenía siempre fija la mirada en quienes ellos reconocían como a su Reina y Señora, fue llevado a cabo gracias a la infatigable labor del R. P. Jorge María Salvaire, de manera tal, que su nombre ha  quedado vinculado para siempre a la basílica, que es sin lugar a dudas la roca sobre la cual se asienta nuestra Patria.

Algunos aspectos tomados del libro "Basílica de Nuestra Señora de Luján Detalles y datos históricos", 1922

   Vista de lejos, sobre todo al atardecer de un brumoso día de otoño, cuando la naturaleza lo envuelve todo en un vaporoso velo, la Iglesia  gótico-ojival con su forma alargada y esbelta, sus botareles, sus altísimas flechas o agujas, los inflados arbetantes costaneros y sus mil torrecillas y remates, se parece a un navío de alto borde, empavesado, con sus palos, los mástiles, los cordajes y sus armoniosos juegos de velas, surcando plácida y tranquilamente el vasto océano en busca del puerto ansiado. La ilusión es mayor todavía cuando esta Iglesia surge de entre el caserío de una vasta ciudad que se extiende a diestra y siniestra: la diversa altura de los edificios que la circundan y que medio ocultan su base, se parece a las olas de un mar agitado, en que se mueve el bajel a merced del líquido elemento. De todos modos siempre es la vieja nave de Pedro pero con los aderezos que el progreso y el tiempo dieran, la que sigue avanzando plácida y tranquila, en el mar borrascoso del mundo, nevando su precioso cargamento de fieles cristianos, al suspirado puerto de la Eterna Salvación.

   Tal es la bendita Basílica de Luján, pues no se ha creído poder levantar un trono digno de María y del pueblo argentino, sino acudiendo a ese maravilloso estilo, que es el religioso por excelencia. Inspirado el arte por la fe religiosa, erige en todos los paí ses del mundo, sometidos al imperio de la Cruz, esos maravillosos monumentos, esas inmensas Catedrales, esas suntuosas Basílicas que causan el asombro y la admiración de las generaciones.

Aspecto exterior.

   Vista de cerca, nuestra Basílica no desdice de sus hermanas medioevales de Europa, las más afamadas por su magnitud y su forma arquitectónica: es de buena dimensión y ésta como aquéllas, toda revestida de piedras sillares, cual corresponde a su clase y categoría; y si las condiciones actuales de la vida moderna, no han permitido a los piadosos peregrinos, consagrar a su construcción algunos años de su personal existencia, como se hacía en aquel entonces, no dejaron ellos por eso de consagrarle algún tanto el fruto de su trabajo en otra forma igualmente eficaz, como lo dicen las diversas inscripciones de sus múltiples sillares. Asombra la suma de esfuerzos y sacrificios que representa una obra de semejante aliento, teniendo en cuenta que en el país sólo se trabaja en ladrillo, y que las piedras debieron ser expresamente arrancadas, traídas de lejos, y labradas con habilidad poco común.

   E1frente es majestuoso e imponente: está flanqueado por dos elevadas torres puntiagudas, de las que a una regular altura, cual centinelas avanzados y metidos en otras tantas garitas o nichos, se destacan dieciseis estatuas de seis metros de alto, representando a los Apóstoles y Evangelistas, heraldos de Jesús en las almas cristianas. En la torre occidental están: San Pedro, San Andrés, ¡ Santo Tomás, Santiago el Mayor, siguiéndoles en el costado: San Matías, San Bernabé, San Judas Tadeo y San Simón; en la oriental:  San Pablo, Santiago el Menor, San Felipe, San Bartolomé, y en el costado: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. Entre ambas torres, a esa misma altura se expende un soberbio rosetón de 6 metros de diámetro, el cual visto desde el interior, con sus vitrales radiados y su Virgencita de Luján en el medio, parece ponerla en una verdadera gloria. Finalmente al destacarse las torres, un poco más arriba, hay una esbelta galería "a giorno", que las reúne hasta cierta altura, disimulando de ese modo las dos grandes vertientes del techo que están más atrás. En los cuatro ángulos de cada torre se ven unas cariátides de estilo, especies de animales góticos y fantásticos, que representan a los demonios ensañándose en vano contra la santa Iglesia de Dios: "Et portae inferi non praevalebunt adversus eam".

   Las tres entradas principales son verdaderamente imponentes: cada una de ellas está acompañada de cada lado por un gracioso manojo de pequeños pináculos, y tiene su correspondiente piñón triangular agudo, horadado en su base, donde está la serie de columnitas y archivoltas concéntricas de estilo que van disminuyendo de diámetro y que dan entrada a la Iglesia. Las puertas serán de bronce con adecuados y simbólicos relieves ejecutados con suma maestría. La del centro tiene en su frontón ojival una Virgencita de Luján entre ángeles y nubes, con esta significativa inscripción al pie : " Ave María, felix coeli porta". Es lo más natural, que entrando en casa ajena, se empiece por saludar a su dueña y señora: "Ave María", le decimos, porque así la saludó el Ángel Gabriel en su casa de Nazaret, el día de la Anunciación: "Felix coeli porta", añadimos con la Iglesia, porque María nos ha dado a Jesús, que es la llave del Cielo, para alcanzar la mansión eterna.

Aspecto interior. 

   El interior del Santuario visto desde la puerta mayor, con sus tres espaciosas naves, sus capillas laterales y su crucero, ofrece un conjunto de grandeza y sencillez, de gracia y severidad, de ligereza y solidez que encanta. Nada aquí de esas pesadas moles, de esos gruesos cornisones, de esas múltiples líneas horizontales, tan comunes en los otros estilos, que parecen arrastrarse paralelamente al suelo como para aferrarse siempre más a lo terreno y caduco de este mundo; al contrario, todo aquí es esbelto y vertical, todo va hacia arriba, hacia el Cielo, suprema aspiración del alma cris tiana. Sorprende sobremanera el ver cómo esas altas y espaciosas bóvedas están sostenidas por simples manojos de delgadas columnas, las que enfrentándose unas a otras parecen olvidar su fin material, para seguir subiendo hasta el Cielo a guisa de fervientes plegarias, las cuales encontrándose en presencia del Altísimo, se inclinan reverentes a manera de palmas, para reunirse en los claveles de los arcos, como hermanas piadosas que se unieran para dar más fuerza a su petición. El circuito del templo no es menos admirable y sorprendente; el espíritu se asombra y estremece ante la delgadez de esos muros, tan horadados que parecen endebles celosías levantadas en torno del Santuario.

   La Basílica afecta en su planta la forma de una gran cruz latina; recordando con. esto que Jesucristo fundó su Iglesia muriendo en la cruz. Esa forma se conserva en los tres cuerpos superpuestos del edificio, significando así las tres partes integrantes de que se compone la Iglesia moral, sociedad de los fieles cristianos: la primera, triunfante en el Cielo; la segunda, paciente en el Purgatorio; y la tercera, militante en la Tierra.

   La triunfante en el Cielo, está representada por el cleristory o cuerpo superior del edificio, desde el triforio para arriba, donde todo es luz y claridad, donde siempre sube el incienso, símbolo de la oración, y donde campean los santos y santas refulgentes de gloria en sus vitrales policromos, que todo lo inundan de un resplandor misterioso.

   La militante en la Tierra, se ve en el plan terreno o pavimento del templo, vasto teatro de nuestras idas y venidas, de nuestras luchas diarias con sus respectivas derrotas o victorias. Entre la Iglesia triunfante y la militante, se encuentra el Triforio, larga y estrecha galería, que nos recuerda lo largo y estrecho que es el camino del Cielo.

   La paciente en el Purgatorio, la tenemos por fin en la cripta subterránea, tan lúgubre y oscura de suyo. Lástima grande es que sea además completamente húmeda e inservible, a causa de la proximidad del río y las capas de agua del subsuelo; pero esto mismo añade un rasgo más a su místico significado, dándonos a entender que el Purgatorio es un lugar poco agradable y del cual es preciso salir lo más pronto posible.

   La Basílica es también en su planta la imagen de Jesús crucificado. El Altar mayor que está en el centro y donde más se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa, es su dolorida cabeza. Un poco más atrás, en el retablo, está María su Madre, como queriendo sostener en sus brazos a su divino Hijo. Los varios altares menores que en el ábside circundan el mayor, le forman como una corona de espinas que destilan la sangre redentora. Los dos altares del crucero son sus manos extendidas y horadadas que chorrean también sangre divinal. Entre ambas manos, a la altura del corazón, está el comulgatorio, donde Jesús se da a los fieles en el Sacramento de su amor. Más abajo, la nave principal enteramente horadada por los arcos laterales, es el cuerpo de Jesucristo todo llagado que envía sangre purificadora a los diversos confesionarios que están a los costados. Finalmente las fuentes bautismales junto a la puerta de entrada, son las sagradas llagas de sus pies, que borran el pecado original y habilitan para andar camino del Cielo.

   Remontando con la vista hacia el altar mayor, se ve la figura alegórica de las tres etapas que recorre el alma cristiana en su mística ascensión hasta Dios: la vía purgativa, se ve en los múltiples confesionarios que purifican del pecado; la iluminativa, en los dos púlpitos que disipan las tinieblas del error irradiando la luz de la Verdad; finalmente la vía unitiva, en el Tabernáculo donde el alma y Dios se dan ósculos de amor, que es el preludio de su unión definitiva en el Cielo para toda la Eternidad.

El Camarín de Nuestra Señora

   El Camarín, como lo indica su nombre, es la estancia o cá mara íntima de la Virgen de Luján, es el lugar predilecto de los fieles que visitan el Santuario, y donde oran con más fervor, viendo la Sagrada Imagen más de cerca.

   El Altar del Camarín, es una acertada combinación con el Altar Mayor que está a sus espaldas, y cuya parte superior es común a los dos. Desde allí la Sagrada Imagen, se vuelve a uno u otro lado según lo requiere el culto. Este Altar es el más precioso del Santuario y el de mayor movimiento arquitectónico, sin apartarse por esto de las reglas del más estricto buen gusto. A los pies de María hay dos ángeles dorados con incensario en las manos, indicando con esto que éste es el lugar por excelencia de la oración, la cual debe brotar siempre de un corazón abrasado de amor, para elevarse hasta el trono de María en olor de suavidad, como las espirales del incienso.

   Para el efecto, a la derecha del retablo, hay un gran bajorrelieve dorado que representa a Jesús agonizando en el huerto de Getsemaní, como para excitarnos al dolor de nuestros pecados. A la izquierda hay otro bajorrelieve que representa la cena de Emaús, en que Jesús se da en alimento a sus discípulos, como para indicamos el premio de nuestro sincero dolor. Finalmente en el frontal de la mesa del Altar, hay otro bajorrelieve que re- presenta la muerte de San José en los brazos de Jesús y María, para indicamos la gran dicha que nos espera al final de la vida si permanecemos fieles a Jesús y le recibimos por viático al morir.


LA SAGRADA IMAGEN 

"La Virgen de Luján y su santuario, síntesis histórica y evocaciones" R. P. Guerault C. M., 1962


Talla sin revestir, muestra la imagen de terracota 
Talla revestida con tela, tal como se venera tradicionalmente.

   La Imagen de Nuestra Señora de Luján es de suyo, endeble y muy pequeña. Sólo alcanza a 38 centímetros de altura. Está modelada en arcilla cocida (terracota) material que de por sí tiende con el tiempo a la paulatina desintegración.

   En su aspecto general cabe compararla con las tradicionales "Inmaculadas de Murillo", sin ninguna de sus cualidades artísticas sobresalientes. Refleja, sin embargo, contemplada de cerca, un encanto peculiar que se experimenta indefectiblemente pero que no es dable describir. Es ese misterioso "Qué sé yo" que deslinda lo trascendental de la ordinario.

   Transcribimos a continuación la descripción que de ella hace el historiador Scarella: "El rostro es óvalo. El semblante grave y al mismo tiempo risueño, concilia a la vez benevolencia con su irresistible atractivo, y respeto debido a la majestad de Reina y Gran Señora".


   "La frente es espaciosa; los ojos grandes, claros y azules; las cejas negras y arqueadas; la nariz algo aguileña; la boca pequeña y recogida, los labios iguales y encarnados cual rosa; las mejillas sonrosadas y las demás facciones proporcionadas."


   "Dirige la mirada algún tanto hacia la derecha... El color del rostro, aunque muy agraciado, es un tanto moreno... pero parece que tiene ese color como consecuencia de su mucha antigüedad."


   "Tiene sus delicadas manos, asimismo bien formadas, juntas y arrimadas al pecho en actitud de quien humildemente ora."


   "Su vestimenta se compone de un manto azul, hoy muy des colorido, sembrado de estrellas blancas; teniendo debajo una túnica encarnada pero muy amortiguada por el tiempo."


   "Los pies de la Santa Imagen descansan sobre unas nubes, desde las cuales emerge la media luna que tradicionalmente se pone a las plantas de la Virgen Inmaculada, y luego como jugueteando inocentemente entre aquellas nubes, descuellan cuatro cabecitas de querubines, con sus pequeñas alas desplegadas de color ígneo."

   Tal es la descripción de Scarella que, verosímilmente la pudo contemplar, antes de que el P. Salvaire la hiciera recubrir con una coraza de plata para impedir su disgregación. Antes de realizar esta operación se sacaron los moldes que permitieron su reproducción auténtica.

   Desde un principio, y de acuerdo a las usanzas de la época, se la cubrió con vestiduras superpuestas según las posibilidades del momento. Dan testimonio de ello "los abrojos y cardillos" que el Negrito Manuel desprendía de los "vestiditos" de la Imagen luego de sus misteriosas andanzas nocturnas. Con variedad comprensible en las formas, predominó siempre la que ostenta en la actualidad y con los colores que la caracterizan: la túnica blanca y el manto azul-celeste.

   El P. Salvaire no sólo la dotó de riquísima vestimenta en 1887, sino que además la levantó sobre una peana de bronce dorado que tiende a destacarla mejor: le adosó la bien lograda rayera gótica en la que se lee la inscripción "Es la Virgen de Luján la primera fundadora de esta Villa"; logró para Ella la Corona Imperial bendecida por León XIII, y completó el ornato con la aureola de doce estrellas; todo lo cual confiere al conjunto un sin igual encanto que se percibe con sólo mirar.

   Desde los albores de su culto allá por los años de 1630 hasta el día de hoy, toda la gama de dolores, esperanzas, satisfacciones y alegrías que tejen la vida de los humanos han tenido ante Ella su más lógica y sincera expansión. La apretada urdimbre de sú plicas y acciones de gracias forman el más preciado manto de esta Reina de amor. En Luján y ante esa Imagen pequeñita recibe constantemente una confirmación hecha de milagros la afirmación de San Bernardo: "Jamás se oyó decir que ninguno de cuantos acudieron a vuestra protección haya sido abandonado de Vos".

   Siga, pues, el pueblo cristiano, acuciado como está por la convicción de sus necesidades y de su dependencia de lo alto, acudiendo a las plantas de la Virgen de Luján, la espontánea medianera ante Dios, y conocerá la dicha y los benéficos efectos que experimentan aquellos que se honran de pertenecer al número de los súbditos de la Reina del Plata.








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