miércoles, 4 de julio de 2012

SAN ULRICO O ULDARICO DE AUSBURGO, Obispo


4 de julio



SAN ULRICO O ULDARICO
DE
AUSBURGO,
Obispo

   
   San Ulrico, obispo, descendía del noble linaje de los condes de Kyburg. Al nacer, era una criaturita tan esmirriada, que sus padres sentían incluso vergüenza de mostrarle a la gente, todos cuantos le veían quedaban convencidos de que aquel condesito no llegaría a valer para nada. Solamente un peregrino, que acababa de regresar de Tierra Santa, fue de distinto parecer y predijo que aquel niñito llegaría a ser un personaje famoso. De hecho, Ulrico, a quien solían llamar con la abreviatura familiar de Utz, alcanzó la edad de 83 años.

   Así que Utz de Kyburg logró superar con tenaz aferramiento a la vida, todas las enfermedades que pueden pasarse en la infancia y llegó a hacerse un buen mozo bien asentado sobre sus fuertes piernas, sus padres le enviaron a la famosa escuela monasterial de San Gall. Muy pronto supo ganarse Utz la simpatía de maestros y condiscípulos, pues no solamente era aplicado y piadoso, sino que, además, con mucha frecuencia tenía ocurrencias graciosísimas, de suerte que en presencia suya hasta los enfermos reían francamente.
   Por aquel entonces vivía en los alrededores de San Gall una ermitaña llamada Wiborada. Con frecuencia acudía Utz a visitarla. En una ocasión la ermitaña, penetrando el futuro, dijo al joven conde de Suabia, que en el futuro llegaría a ser obispo de una ciudad donde hay un río que separa dos comarcas. La profecía se cumplió, efectivamente, pues la ciudad de Augsburgo, de donde Ulrico fue más tarde obispo, está asentada junto al río Lech, que separa a Baviera de Württemberg.
   Cuando Utz, a quien por respeto vamos a llamar con su nombre completo de Ulrico, hubo terminado sus estudios en San Gall, regresó a su casa y se convirtió en seguida en la mano derecha de su tío Adalberto, que era a la sazón obispo de Augsburgo y de quien había recibido la ordenación sacerdotal. Ulrico hizo también una peregrinación a Roma. Allí le comunicó al Padre Santo que su tío Adalbero había muerto, entretanto, y que él sería su sucesor. Sin embargo, aquélla predicción no se cumplió en seguida, pues cuando Ulrico regresó ya habían nombrado a otra persona obispo de Augsburgo, y como en el ínterin había fallecido su padre, Ulrico se reunió con su madre, que se había quedado sola, para consolarla en su desgracia. Cuando quince años más tarde murió, él mismo le cerró los ojos y como igualmente murióel obispo de Augsburgo, Ulrico le sucedió, llevando en sus manos durante cincuenta años el báculo pastoral.
   Eran malos tiempos aquellos, pues poco antes los húngaros, pueblo bárbaro compuesto de pescadores, cazadores y jinetes, se habían desbordado sobre el país, montados en vivaces y pequeños caballos, iban incendiando ciudades y aldeas, asesinando a muchas personas y llevándose a otras como botín de esclavitud. Todos los que habían logrado escapar estaban sentados sobre las ruinas de sus antiguas haciendas, sin ánimos ni resolución para hacer nada. El obispo Ulrico tuvo muchísima labor. Con mano vigorosa se puso él mismo a trabajar en la reconstrucción, y su ejemplo inflamó a los demás. Nuevos alientos reanimaron a aquellos desgraciados hombres que se habían doblegado ante la desgracia, y todo fue resurgiendo con suma rapidez. Ulrico sabía además orar con fervor, y era de arriba abajo un obispo como debe ser. En el año 955 volvió a haber una violenta razzia de húngaros que saquearon el país, asesinaron a muchísima gente y redujeron nuevamente a cenizas las iglesias y los monasterios, las ciudades y las aldeas. Alaridos de dolor y angustia resonaban por doquier. Pero esta vez las hordas salvajes llegaron solamente hasta la ciudad de Augsburgo. En esta ciudad les tuvo a raya San Ulrico, obispo, acompañado de un escogido escuadrón de caballeros y soldados aguerridos, hasta que llegó con su ejército imperial el emperador Otón I de Alemania, el cual, en el día 10 de agosto del 955, causó tan completa derrota a los húngaros en la famosa batalla de Lechfeld, que estas hordas jamás volvieron a internarse en territorio alemán. No cabe duda, que un gran mérito en esta batalla, famosa en toda la historia universal, le corresponde a San Ulrico, obispo de Augsburgo, el cual, según dijera el peregrino de vuelta de Tierra Santa, había de ser realmente un hombre grande, valioso y afamado.
   La primera canonización pontifica, llevada a cabo por el Papa Juan XV en 993, fue la de elevar al honor de los altares a Ulrico de Augsburgo.

SAN ANDRÉS DE CRETA, Obispo


4 de julio



SAN ANDRÉS DE CRETA,
Obispo

 
   San Andrés de Creta, nació en Damasco a mediados del siglo VII, abrazó la vida monástica en un convento de Jerusalén, por lo que también es llamado Andrés Jerosolimitano. Asistió al III Concilio de Constantinopla que condenó la herejía del monotelismo (año 681), como legado del Patriarca de la Ciudad Santa. Más tarde, consagrado obispo de Creta, defendió la legitimidad del culto a las imágenes. Murió hacia el año 720.
   San Andrés de Creta fue un excelente compositor de himnos  sagrados, hasta el punto de que la Iglesia oriental ha incorporado algunos a su liturgia. Además se conservan veintidós homilías suyas. Las que se refieren a la Virgen gozan de particular importancia, pues constituyen un testimonio muy elocuente de la fe en la Inmaculada Concepción y en la Asunción corporal de María al Cielo.
   Con toda la Tradición de la Iglesia, San Andrés expone que la Concepción de Nuestra Señora es el inicio de la renovación de la naturaleza humana, herida por el pecado original. La Virgen María, preservada por Dios de toda culpa, trae al mundo «las primicias de  la nueva creación», siendo —como canta la liturgia— lirio que florece entre espinas y paraíso espiritual donde Jesucristo, el  nuevo Adán, establece su morada.

SAN ODÓN DE CANTERBURY, Obispo


4 de julio


SAN ODÓN DE CANTERBURY,
Obispo
(959 d. C.)

   Nació en Inglaterra, de padres daneses. Murió en 959; En Canterbury, su fiesta se celebraba el 2 de junio. Siendo Obispo de  Ramsbury (Wessex), estaba con el rey Athelstand cuando éste venció a los daneses y escoceses en la batalla de Brunanburh en 937.
   En 942, nombrado arzobispo de Canterbury, trató de evitar su consagración alegando que no era monje como los que habían ocupado ese cargo anteriormente. Solamente consintió en aceptar esta dignidad después de haber recibido el hábito benedictino de manos del abad de Fleury-sur-Loire en France (reformeda por otro San Odón (de Cluny), que había muerto en 942).

   Durante los reinados de los reyes Edmundo y Edgardo, Odón desempeñó un activo papel tanto en asuntos seculares como eclesiásticos.  Además abrió el camino para la restauración monástica bajo San Osvaldo, su sobrino, San Duncan y San Etelwoldo. Se le atribuyen numerosos milagros.

SAN BERNARDINO REALINO, Sacerdote


4 de julio


SAN BERNARDINO REALINO,
Sacerdote
(1616 d. C.)




   Bernardino fue un confesor del siglo XVI. Entre los patronos del la ciudad italiana de Leche se encuentra este padre jesuita.

   Tenía más de 80 años cuando las autoridades civiles fueron a pedirle que tomara la ciudad la ciudad bajo su protección.

   Bernardino Realino nació en en Darpi (Italia) el 1° de diciembre de 1530.  La primera parte de su vida transcurrió en Emiliala. En los años juveniles Bernardino obtuvo halagüeños éxitos literarios, fruto de un vivo amor por los estudios humanísticos, que comenzó en su casa bajo la guía de buenos preceptores. Después los continuó en la Academia de Módena, luego en la Universidad de Bolonia, en donde frecuentó durante tres años cursos de filosofía y medicina, luego los de derecho civil y eclesiásticos, graduándose en 1556.

   Bernardino Realino fue alcalde de Felizzano; además, abogado fiscal en Alessandria, y después nuevamente alcalde de Cassine. Los cuadros de devoción del Santo nos lo presentan recibiendo en sus brazos al Niño Jesús. En efecto, debido a la aparición de la Virgen Santísima y el Niño Jesús, Bernardino abandonó la brillante carrera administrativa y entró a la Compañía de Jesús, en 1564; a los tres años recibió la Ordenación Sacerdotal y fue nombrado director espiritual y maestro de los novicios. En 1574 lo mandaron a Lecce para fundar un colegio, y allá permaneció hasta su muerte, acaecida el 2 de Julio de 1616. Elegido protector de la ciudad antes de su muerte, fue beatificado en 1895 por León XIII y propuesto como ejemplo de educador. Fue canonizado por Pío XII en 1947.

   Pasó en Leche la otra mitad de su vida confesando a los fieles y predicando la Palabra de Dios. Venían de toda Italia. Murió el 2 de julio de 1616. El pueblo lo llamó santo.

SAN ALBERTO QUADRELLI DE RIVOLTA, Obispo


4 de julio


SAN ALBERTO QUADRELLI DE RIVOLTA,
Obispo
(1173 o 1179 d. C.)




   San Alberto Quadrelli de Rivolta nació en Rivolta. El 29 de marzo de 1168, Jueves Santo, fue elegido por el clero y el pueblo de Lodi como obispo. Fue activo y celoso pastor, defensor del papa Alejandro III, y participo en el III Concilio Lateranense. Su rectitud fue reconocida hasta por sus enemigos. No se conoce la fecha de su nacimiento. Tampoco se sabe con certeza la fecha de su muerte, que puede haber ocurrido en 1173 o en 1179. Su cuerpo fue trasladado solemnemente en 1588.

BEATO GASPAR BONO Confesor


4 de julio

Muerte del Bto. Gaspar Bono 


BEATO 
GASPAR BONO
  Confesor

   
   Fueron sus padres modestos artesanos: Juan, francés, e Isabel, de la Villa de Cervera, en el antiguo reino valenciano, en cuya capital se establecieron como tejedores de lino. El Señor bendijo este matrimonio ejemplar dándoles cuatro hijos: Isabel, Gaspar, Juan y Mateo. Gaspar vino al mundo el día 5 de enero de 1530; y recibió este nombre en veneración de uno de los santos reyes, por haber nacido en la víspera de su fiesta. Vivía el matrimonio con escasez. Y aun la escasez se trocó en pobreza angustiosa cuan do la madre, todavía joven, quedó completamente ciega y no pudo ayudar al esposo en los telares. Tampoco Juan se bastaba por sí solo para atender al pesado oficio. Vendió, pues, aquellos instrumentos de su ocupación diaria, dejó la casa, porque ya no la necesitaba tan grande, y se puso a ganar el pan afilando cu chillos y vendiendo juguetes de poco valor; le bastaban unas cañas y unos pedazos de papel para fabricar molinillos de viento. Contaba Gaspar entonces unos tres años.
   En Valencia, como en todas las partes de la cristiandad europea, se mezclaban, en extraña proporción, la fe viva y la gloriosa piedad medieval con las pecaminosas corrientes derivadas del humanismo y del Renacimiento.
   La palpitación que despertó en todas partes San Vicente Ferrer en el paso del siglo XIV al XV quedó también de manera poderosa en su patria chica. Concretamente la adivinamos en los infantiles entretenimientos de Gaspar. No sólo se complacía en cantar la salve, vestir de flores y arrayanes una cruz y dar otras muestras de su piedad, sino que en plena calle organizaba procesiones con sus amiguitos para remedar las de los disciplinantes, al menos en el canto doloroso del estribillo vicentino: "¡Señor, verdadero Dios, misericordia!", llevando luces de candelillas y cantando las letanías. Pusiéronle sus padres a los diez años en casa de un rico mercader, pero a Gaspar no le llenaba aquel oficio, cuando empezó a sentir el anhelo de cosas más altas: quería ser sacerdote. y no vio otro camino posible ni mejor que el claustro. Y hasta le pareció fácil, porque otro criado mayor de la misma casa que andaba con idénticos proyectos y sabía el latín se ofreció a enseñarle esta lengua. Gaspar entraba de allí a poco en el convento de dominicos de la ciudad. Bien es verdad que, recapacitando la mucha pobreza de su casa, tuvo que desandar el noble camino y volver al antiguo empleo. Llegó de esta manera hasta los veinte años, y, aunque su dueño le quería bien y le ayudaba a sustentar a sus ancianos padres, Gaspar, en busca de más propicia fortuna, se alistó en el ejército de Carlos V. Quizá le moviese a ello un sentimiento de inferioridad que le apartaba de buscar el anhelado sacerdocio, pues era balbuciente y tartamudo. En el ejercicio de las armas transcurrieron ocho o diez años, sin ascenso ni esperanzas de prosperidad. No tenemos noticias de encuentros, batallas, sitios, asalto y defensa de fortalezas en las que tomara parte señalada. ¿Fueron para él aquellos años completamente grises? Más adelante dirá que, hallándose en este género de vida (más apto para la distracción que para las virtudes), se complacía en repetir, a tiempo y a destiempo, la jaculatoria tan valenciana: "Jesús, María, José"; asimismo profesaba devoción a San Valero (titular de una de las parroquias de Valencia), porque fue tartamudo; rezaba diariamente el oficio, rosario y letanía de Nuestra Señora; frecuentaba templos y lugares píos, y "de mi pobreza -añade- no dejaba de dar limosna a los pobres, aunque faltase a mi sustento". Indudablemente era también militar a lo divino, y en estos campos de la vida interior debería de desplegar sus dotes y re cursos de combate y estrategia, buscando la santidad a toda costa con brillante éxito y guiando a otros.
   La ocasión para cambiar de banderas le llegó por el duro camino del fracaso material. Sucedió que él con algunas unidades de su escuadrón de caballería tuvo que hostigar al enemigo sólo con finalidad de descubierta; mas éste respondió con tan fiero empuje, que Gaspar y los suyos retrocedieron en confuso des orden. El mismo Gaspar cayó en un pozo seco, quedando oprimido por su cabalgadura; los enemigos vinieron sobre él, y, después de abrirle la cabeza a golpes de pica o alabarda, le dejaron por muerto. En aquélla terrible angustia invocó a sus santos patronos y a la Virgen de los Desamparados, prometiendo ingresar en la Orden de San Francisco de Paula si salía con vida. Pudo cumplir el voto. Experimentado ya en la pobreza y en los trabajos de ella, no le resultaba áspero seguir las reglas del severo instituto: perpetua abstinencia de carnes, de huevos y lacticinios, coro a medianoche y otras penitencias.
   En aquel santo retiro la virtud de Gaspar comenzó a ser notable. Su mismo apellido, Bono, se prestaba a inocentes juegos de palabras, que ponían a prueba su humildad; y él se precavía contra la vanagloria diciendo: "De bueno sólo tengo el nombre, porque de palabra, obra y pensamiento soy malo". Curiosa fue la manera que en cierta ocasión discurrió para escapar sin miramiento a una posible tufarada de soberbia. Se celebraban en el convento unas conclusiones públicas de filosofía, y uno de los novicios, para lucir su ingenio, usando del recurso fácil y de todos conocido, alabó al P. Gaspar, que presidía. Mas fue tal el dolor de éste, que, asomando a sus ojos las lágrimas, saludó a los concurrentes, abandonó la sala y se retiró a su celda lleno de confusión. Llegó la hora de la cena, y el inocente agresor tuvo que escuchar, entre otras admoniciones, esta salida, propia de un santo: "Para que vuestra caridad no pague la lisonja en el purgatorio, reciba una disciplina por espacio de un miserere". Se cuenta de San Felipe Neri que tenía un sexto sentido: era capaz de olfatear la hediondez del pecado y conocer sus especies. Del Beato Gaspar Bono cabe asegurar que leía en las conciencias. Si llegaba al convento algún religioso con el alma no tan pura como cabía esperar de su estado y profesión, le recibía con sañudo y desapacible semblante y le hablaba mostrando sequedad y rigor en las palabras. Si esta misma persona le pedía licencia para salir, le atajaba al punto con aspe reza: "¡Ah Jesús, María, José! ¿Para qué quiere ahora ir fuera? Quédese en casa, que yo sé que le conviene así al servicio de Dios y al bien de su alma".
   La Orden de los mínimos, fundada hacia 1460, es decir, en unos momentos en que la sociedad cristiana comenzaba a sentir deseos vivos de restauración y de apostolado reformador, no encarna aquel espíritu nuevo. Los seguidores de San Francisco de Paula se mantienen dentro del molde de las Ordenes mendicantes, según la estructura medieval. Forman un frente silencioso, aun que no menos heroico, donde la humildad puede tener menos quiebras. De aquí que la tendencia apostólica, la salvación del prójimo, no encaje en la espiritualidad del Beato Gaspar Bono como fin primordial si no es dentro de los muros del cenobio. Mandará al hermano limosnero que le cuente los pecados y públicos desórdenes de que haya tenido noticia por las calles, a fin de aplacar a la justicia divina con oraciones y penitencias, pero no irá a buscar a los pecadores. Esta es su espiritualidad genuina: imitar al Poverello de Asís con una tendencia más rigurosa que las ramas franciscanas. Gaspar Bono será luz y sal de la tierra, pero sin salir apenas al mundo, en el silencio del claustro. Su primer biógrafo y contemporáneo, Fr. Vicente Guillermo Gual, atestigua que, hallándose el siervo de Dios en el convento de Valencia, fue visto por el sacristán menor -que por la incumbencia de su oficio había de ir a medianoche a tocar las campanas para los maitines- en medio del coro y envuelto en una claridad tan deslumbradora, que no le permitía distinguir qué cosa era aquélla. Quedó inmóvil, sin atreverse a pasar adelante ni poder volver atrás. Pero luego mitigáronse los resplandores y vio al sier vo de Dios en oración, el cual se levantó y le dijo: "¿Qué tiene, hermano Fr. Pedro? Parece que está turbado y espantado. Ea, hijo mío, sosiéguese por lo que ha visto. Le suplico humilde mente y como superior le mando que guarde secreto".
   Emulando la increíble abstinencia de San Francisco de Paula,  no perdonaba a su cuerpo ni cuando los graves accidentes de su enfermedad reclamaron la presencia del médico. Este, viendo la mucha debilidad del santo religioso, le ordenaba comiese carne. Respondía el P. Gaspar: "Ya veo que tiene razón que regale mi cuerpo. Yo le prometo de regalarle como conviene". Sin duda que la respuesta encerraba doble sentido. Lo que se siguió fue que se estuvo encerrado por espacio de tres días y sólo una vez al día se alimentaba con hierbas, pan y agua. Instábale el hermano Roque a que tomase otras viandas. A lo cual solía decir: "No trate, hermano Roque, de esto, por caridad, porque para regalar a la señora del alma conviene maltratar al vil esclavo del cuerpo, que, en sintiendo el regalo, luego, como bestia fiera, se envanece para destruir el alma. ¡Cuánto más que a esta bestiaza la trato mejor que merece!"
   En el seguimiento de la pobreza fue no menos admirable. Por intervención de San Juan de Ribera, a la sazón arzobispo de Valencia, el P. Gaspar fue elegido provincial. Y si aceptó el cargo a pesar de todas las razones que pudo discurrir su humildad, en la pobreza no toleró interpretaciones contrarias a aquella virtud. "Ea, padre, reciba este tintero nuevo, que cierto es vergüenza que en la mesa de un provincial haya este otro", decíale el padre corrector. A lo que el siervo de Dios contestó: "¡Ah Jesús, María, José! ¿Para qué esta novedad de traerme tintero nuevo? Váyase con su tintero, padre corrector, que yo me hallo bien con este pobrecito, porque ha muchos años que somos amigos".
   Si pasaba junto a los muros de la catedral de Valencia, no podía menos de entrar a postrarse en la capilla de San Francisco de Borja, donde se veneraba una imagen de Santa Inés, pintura sobre tabla de Juan de Juanes, que aún se conserva. Allí, escribe un biógrafo, hacía tan fervorosa oración, que bien lo manifestaba su alegre y festivo semblante. Al salir decía al religioso compañero: "Hermano, ¿no ve en el retablo de Santa Inés cómo aquel santo clérigo (el Venerable Agnesio) pone un anillo en el dedo de la Santa? Pues sepa que es voz pública que le fue tan devoto, que un día mereció que se le apareciese la Santa, y, después de haber pasado entre los dos una plática dulcísima, le admitió por su esposo espiritual, y él le dio por arras aquel anillo".
   Siempre conservó las tradicionales devociones que aprendió de sus padres. Los frailes le veían cantar de rodillas y de memoria los gozos de San Vicente Ferrer en su lengua materna.
   En el alma del Beato Gaspar se funden admirablemente los ideales propios de aquellos siglos, cuando los hombres cifraban su ambición en una de estas dos arduas metas: ser guerrero o ser monje; triunfador terreno o santo. También para la generación presente tiene una enseñanza el Beato Gaspar, puesto que en él se cumple la bella sentencia de San Francisco de Sales: "Todos nosotros podemos alcanzar la santidad y la virtud cristiana, cualesquiera que sean nuestra profesión o posición social",

RAMÓN ROBRES LLUCH

BEATO UBALDO DE BORGO SANSEPULCRO Sacerdote


4 de julio


BEATO UBALDO DE BORGO SANSEPULCRO 
Sacerdote



   El Beato Ubaldo, nació en Borgo Sansepulcro, Italia a mediados del siglo XIII. Ingresó en la Orden de los Siervos de María y se destacó por la santidad de vida y la aplicación al trabajo. Tuvo una profunda amistad con San Felipe Benicio, que entrando en agonía, al llegar a su lado fray Ubaldo, pareció revivir; poco después expiró en sus brazos. El Beato Ubaldo murió en el convento de Monte Senario el año 1315. El Papa Pío VII confirmó su culto en el año 1821.


ORACIÓN

   Señor, Dios nuestro, principio de la unidad y fuente del amor, concede a tus hijos que, a imitación del Beato Ubaldo y por intercesión suya, te glorifiquen con la santidad del cuerpo y la unión de los corazones. Por nuestro Señor Jesucristo.

BEATO GUILLERMO ANDLEBY, Mártir


4 de julio


BEATO GUILLERMO ANDLEBY,
Mártir
(1597 d. C.)

   Guillermo Andleby nació en Etton en Yorkshire de una familia noble muy conocida. Se educó en Cambrige.

   Después de su conversión al catolicismo, siguió sus estudios para el sacerdocio en Douai y fue ordenado en 1577. Trabajó en Yorkshire durante 20 años.

   Socorría a los prisioneros católicos en Lincolnshire, y también a los de Hull blockhouse. "Su celo por las almas no escatimaba esfuerzoa ni se dejaba amedrentar por los peligros. Durante los primeros cuatro años de su misión siempre viajó a pie, llevando con él una bolsa con sus vestiduras y todo lo necesario para celebrar Misa. En oración y meditación continuas, la austeridad de su vida fue admirable.

   Después de veinte años de labor continua, finalmente cayó en manos de los enemigos de la fe. Fue martirizado junto con tres laicos: el Beato Eduardo Fulthrop, el Beato Tomás Warcop, y el Beato Enrique Abbot, el 4 de julio de 1597 en York. Fue beatificado por el Papa Pío XI en 1929.

BEATO EDUARDO FULTHROP, Mártir


4 de julio

BEATO EDUARDO FULTHROP,
Mártir
(1597 d. C.)

   El Beato Eduardo Fulthrop fue un caballero de Yorkshire convertido al catolicismo, que alojó al Beato Guillermo Andleby, sacerdote. Fue ahorcado junto a este último, al Beato Tomás Warcop, otro caballero de  Yorkshire y  al Beato Enrique Abbot, Mártir, nativo de Howden en Yorkshire. Fue beatificado por el Papa Pío XI en 1929.

BEATO ENRIQUE ABBOT, Mártir


4 de julio


BEATO ENRIQUE ABBOT,
Mártir
(1597 d. C.)

   Enrique Abot fue un laico martirizado en York el 4 de julio de 1597 y declarado Venerable en 1886. Sus hechos son relatados por Challoner:
   "Cierto ministro protestante, enviado al Castillo de York por unas fechorías, para ganarse el favor de sus superiores, demostró simpatía hacia los prisioneros católicos, pretextando un profundo arrepentimiento, y mostrando un gran deseo de abrazar la verdad católica... Por lo tanto, fue enviado con el Sr. Henry Abbot, un celoso convertido quien vivía en Holden en la misma región, para conseguir un sacerdote que lo reconciliara... El Sr. Abbot lo llevó a Carlton a la casa de Esquire Stapleton, pero no tuvo éxito en encontrar un sacerdote. Poco tiempo después, el traidor, habiendo conseguido suficientes evidencias, les acusó con los magistrados... Ellos confesaron que le habían explicado la Fe Católica y, por esto, todos fueron encontrados culpables y sentenciados a morir".

   Los otros, Errington, Knight, y Gibson, fueron ejecutados el 29 de noviembre de 1596; la ejecución de Abbot fue pospuesta hasta el siguiente mes de julio y fue ahorcado junto con el Beato Guillermo Andleby, sacerdote, y los laicos Beato Tomás Warcop y el Beato Eduardo Fulthrop, Mártir, el 4 de julio de 1597 en York. Fue beatificado por el Papa Pío XI en 1929.

BEATO TOMÁS WARCOP, Mártir


4 de julio

BEATO TOMÁS WARCOP,
Mártir
(1597 d. C.)

   El beato Tomás Warcop fue un caballero de Yorkshire, Inglaterra, que alojó y protegió en su ministerio al Beato Guillermo Andleby, sacerdote. Denunciado a las autoridades, fue arrestado y condenado por haber prestado esta ayuda. Recibió la corona del martirio junto con el mencionado sacerdote y otros dos laicos: el Beato Eduardo Fulthrop y  el Beato Enrique Abbot. Fue beatificado por el Papa Pío XI en 1929.

BEATOS JUAN CORNELIO y SUS COMPAÑEROS, Mártires


4 de julio

BEATOS JUAN CORNELIO y SUS COMPAÑEROS, 
Mártires
(1594 d. C.)
..
   El 4 de julio de 1594, en Dorchester de Dorset, fue ahorcado, arrastrado y descuartizado Juan Cornelio (alias Mohun), sacerdote. Con él fueron ahorcados los beatos Tomás Bosgrave, Juan Carey y Patricio Salmón, laicos. Juan Cornelio, cuyos padres eran irlandeses, nació en Bodmin en 1557. John Arundell de Lanherne le envió a estudiar a la Universidad de Oxford, pero descontento de los "nuevos métodos de estudio" de dicha universidad, el futuro beato la dejó para ir a estudiar al Colegio Inglés de Reims y, más tarde a Roma, donde recibió la ordenación sacerdotal. Tanto en la época que pasó en el extranjero como durante los diez años que ejerció su ministerio en la misión inglesa en Lanherne, el P. Juan Cornelio se distinguió por su celo y su recogimiento extraordinarios.

   El 25 de abril de 1594, fue arrestado en el castillo de Chideock, residencia de Lady Arundell, por el alcalde de Dorset. Viendo que los esbirros se llevaban al P. Cornelio, sin darle siquiera tiempo de tomar su sombrero, Tomás sobrino de Sir John Arundell y originario de Cornwall, le tendió su propio sombrero, diciendo: "El respeto que debo a vuestro sacerdocio no me permite soportar que vayáis con la cabeza descubierta". Este trivial acto amable fue suficiente para que los esbirros tomasen preso a Bosgrave. Junto con ellos fueron apresados dos criados del castillo, John Carey y Patrick Salmon, ambos originarios de Dublin. El P. Cornelio fue conducido a Londres he interrogado por uno de los más altos magistrados. Sujeto al potro para que denunciase a cuantos le habían ayudado o dado hospedaje, el valiente confesor de Cristo permaneció mudo. Su juicio se llevó a cabo en Dorchester. El 2 de julio fue declarado reo de alta traición, por haber desembarcado y permanecido  en Inglaterra en su calidad de sacerdote. Sus tres compañeros fueron declarados culpables de felonía por haberle ayudado. La sentencia incluía una cláusula de perdón en caso de apostasía.

   La ejecución tuvo lugar dos días después. Los tres laicos, que hicieron en voz alta una última profesión de fe, fueron ejecutados primero. El P. Cornelio, después de besar los pies de sus compañeros, quiso dirigir la palabra al pueblo, pero se le negó la autorización. Sin embargo, pudo declarar que había sido admitido en la Compañía de Jesús y que, de no haber sido arrestado, hubieseido a Flandes a hacer el noviciado.

   También en Dorchester fue ahorcado, arrastrado y descuartizado con especial crueldad, el Beato Hugo Green, sacerdote. Su martirio tuvo lugar el 19 de agosto de 1642. La diócesis de Plymouth celebra la fiesta de estos mártires.

   Ver MMP., pp. 198-202. Se encontrará un relato más detallado en el artículo del P. Leo Hicks, en Studies, diciembre, 1929, pp. 537-575; y cf. A. L. Rowse, Tudor Cornwall (1941) p.p. 358, 363-367.

martes, 3 de julio de 2012

SAN BELTRÁN, Obispo y Confesor


3 de julio


SAN BELTRÁN, 
Obispo y Confesor



Vivid con temor durante el 
tiempo de vuestra peregrinación.
(1 Pedro, 1, 17).

   Formado en la virtud por San Germán, obispo de París, que lo hizo su arcediano, San Beltrán llegó a ser obispo de Mans en el año 587. Condujo a su pueblo a las buenas obras y, por prudencia, logró se evitara una guerra con los bretones. Fundó el primer hospicio para ciegos conocido en Occidente y asistió al primer concilio plenario de Francia, en París, el año 614. Murió el 30 de junio del año 623, según se cree, después de haber legado grandes bienes a las iglesias y a los monasterios.

MEDITACIÓN SOBRE LOS MISTERIOS
DE LA VIDA HUMANA

   I. Estamos en este mundo como en lugar de destierro. Si pensásemos en esta verdad despreciaríamos la tierra que debemos abandonar un día; suspiraríamos por el cielo al que pronto debemos ir. ¡Ah! ¡cuán largo es el tiempo de mi exilio! -exclamaba David- y San Pablo decía: Deseo la muerte para estar con Jesucristo. y nosotros amamos este exilio en el que tantos enemigos nos persiguen, en el que tantas penas nos acosan. Amontonamos tesoros, pero para nuestros herederos. Piensan en lo que dejan detrás de ellos y no en lo que envían delante. (San Pedro Crisólogo).

   II. Los peligros continuos que nos rodean en este lugar de destierro deben hacernos temblar. Durante toda nuestra vida, siempre estamos expuestos a ofender a Dios; por virtuoso que seas, puedes hacerte el más malo de todos los hombres. Ni siquiera sabes, al presente, si eres digno de odio o de amor por parte de Dios. Humíllate, pues, y trabaja en tu salvación con temor y temblor.

   III. Ignoras cuál será tu fin, no sabes ni la hora, ni el lugar, ni el género de tu muerte, y, lo que es más tremendo, no sabes si eres del número de los predestinados; no lo sabrás hasta después de haber oído la sentencia de la boca del Juez soberano. ¿Cómo meditar estas verdades sin sobrecogerse de espanto? Lloremos y reguemos con nuestras lágrimas esta triste morada pasajera, a fin de terminar con una muerte santa una vida llena de buenas obras. ¡Infortunados! ¡nuestra vida es un exilio, nuestra salvación un peligro, nuestro fin una incertidumbre!

La limosna 
Orad por los pobres.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Beltrán, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

SAN BERNARDINO REALINO, Confesor


3 de julio

SAN BERNARDINO REALINO,  Confesor 
   
   Con San Bernardino Realino ocurrió un hecho insólito que tal vez sea el único caso en el Santoral: Sin esperar a que traspasase el umbral de la muerte fue nombrado patrono celestial de la ciudad de Lecce, donde murió.

   Ocurrió a comienzos de 1616. Por toda la ciudad corrió el rumor de que el padre Bernardino Realino, que había sido su apóstol durante cuarenta y dos años, estaba a punto de muerte. Era por entonces alcalde de la ciudad Segismundo Rapana, hombre previsor y decidido. Informado de la gravedad del "Santo Bernardino", se presenta con una comisión del Ayuntamiento en el colegio de los jesuitas. Los guardias le abren paso entre el gentío que se ha formado en la portería del colegio. Llegado a la presencia del moribundo, saca de su casaca un documento que llevaba preparado y lo lee delante de todos:

   "Grande es nuestro dolor, oh padre muy amado, al ver que nos dejáis, pues nuestro más ardiente deseo sería que os quedarais para siempre entre nosotros. No queriendo, sin embargo, oponernos a la voluntad de Dios, que os convida con el cielo, deseamos, por lo menos, encomendaros a nosotros mismos y a toda esta ciudad, tan amada por vos, y que tanto os ha amado y reverenciado. Así lo haréis, oh padre, por vuestra inagotable caridad, la cual nos permite esperar que queráis ser nuestro protector y patrono en el paraíso, pues por tal os elegimos desde ahora para siempre, seguros de que nos aceptaréis por fieles siervos e hijos, ya que con vuestra ausencia nos dejáis sumergidos en el más profundo dolor."

   El anciano padre, acabado como estaba por la enfermedad, hizo un supremo esfuerzo y pudo, al fin, pronunciar un "Sí, señores" que llenó al alcalde y a toda la ciudad de inmenso júbilo.

   Había nacido San Bernardino Realino en Carpi, ducado de Módena, el 1 de diciembre de 1530. Su familia pertenecía a la nobleza provinciana. Su padre, don Francisco Realino, fue caballerizo mayor de varias cortes italianas. Por este motivo estaba casi siempre ausente de su casa. La educación del pequeño Bernardino estuvo confiada a su madre, Isabel Bellantini.

   Dicen que Bernardino era un niño hermoso, de finos modales, todo suavidad en el trato, siempre afable y risueño con todos. A su buena madre le profesó durante toda su vida un cariño y una veneración extraordinarios. Durante sus estudios un compañero le preguntó: "Si te dieran a escoger entre verte privado de tu padre o de tu madre. ¿qué preferirlas?" Bernardino contestó como un rayo: "De mi madre jamás." Dios, sin embargo, le pidió pronto el sacrificio más grande.

   Su madre se fue al cielo cuando él todavía era muy joven. Su recuerdo le arrancaba con frecuencia lágrimas de los ojos. Ella se lo había merecido por sus constantes desvelos y principalmente por haberle inculcado una tierna devoción a la Virgen María.

   En Carpi comenzó el niño Bernardino sus estudios de literatura clásica bajo la dirección de maestros competentes. "En el aprovechamiento -escribe el mismo Santo-, si no aventajó a sus discípulos, tampoco se dejó superar por ninguno de ellos." De Carpi pasó a Módena y luego a Bolonia, una de las más célebres universidades de su tiempo, donde cursó la filosofía.

   Fue un estudiante jovial y amigo de sus amigos. Más tarde se lamentará de "haber perdido muchísimo tiempo con algunos de sus compañeros, con los cuales trataba demasiado familiarmente".

   Fue, pues, muchacho normal. Hizo poesías. Llevó un diario íntimo como todos, y se enamoró como cualquier bachiller del siglo XX. Hasta tuvo sus pendencias, escapándosele alguna cuchillada que otra...

   "Habiéndome introducido por senda tan resbaladiza —escribe el Santo refiriéndose a aquellos días—, vino el ángel del Señor a amonestarme de mis errores, y, retrayéndome de las puertas del infierno, me colocó otra vez en la ruta del cielo."

   ¿Quién fue este "ángel del cielo"?

   Un día vio en una iglesia a una joven y quedó prendado de ella. La amó con un amor maravilloso, "hasta tal punto -son sus palabras- de cifrar toda mi dicha en cumplir sus menores deseos. No obedecerla me parecía un delito, porque cuanto yo tenía y cuanto era reconocía debérselo a ella". Esta joven se llamaba Clorinda. Bellísima, había dominado por sí misma, sin ayuda de nadie, el vasto campo de la literatura y la filosofía. Era profundamente piadosa. Frecuentaba la misa y la comunión. Precisamente la vista de su angelical postura en la iglesia fue lo que prendió en el corazón de Bernardino aquella llama de amor puro y bello que elevó su espíritu a lo alto, como lo demuestran las cartas y poesías que se cruzaron entre los dos y que todavía se conservan. Clorinda y Bernardino tuvieron una confianza cada día creciente, pero siempre delicada y noble.

   Bernardino tenía proyectado graduarse en Medicina. Pero a Clorinda no le gustaba, y él se sometió dócilmente a los deseos de ella. Había que cambiar de carrera y comenzar la de Derecho.

   -Grande y ardua empresa quieres que acometa -le dijo Bernardino.

   -Nada hay arduo para el que ama -fue la respuesta de Clorinda.

   Dicho y hecho. Bernardino se sumergió materialmente en los libros de leyes, que le acompañaban hasta en las comidas, y tan absorto andaba con Graciano y Justiniano, que a veces trastornaba extrañamente el orden de los platos, Por fin, el 3 de junio de 1546, a los veinticinco años, se doctoró en ambos Derechos, canónico y civil, coronando así gloriosamente el curso de sus estudios.

   A los seis meses de terminar la carrera fue nombrado podestá, o sea alcalde, de Felizzano. Del gobierno de esta pequeña ciudad pasó al cargo de abogado fiscal de Alessandría, en el Piamonte. Después se le nombró alcalde de Cassine, De Cassine pasó a Castel Leone de pretor a las órdenes del marqués de Pescara.

   En todos estos cargos se mostró siempre recto y sumamente hábil en los negocios. He aquí el testimonio -un poco altisonante, a la manera de la época- de la ciudad de Felizzano al terminar en ella su mandato el doctor Realino:

   "Deseamos poner en conocimiento de todos que este integérrimo gobernador jamás se desvió un ápice de la justicia, ni se dejó cegar por el odio, ni por codicia de riquezas. No es menos de admirar su prudencia en componer enemistades y discordias; así es que tanta paz y sosiego asentó entre nosotros, que creíamos había inaugurado una nueva era la tranquilidad y bonanza. Siempre tomó la defensa de los débiles contra la prepotencia de los poderosos; y tan imparcial se mostró en la administración de la justicia que nadie, por humilde que fuese su condición, desconfió jamás de alcanzar de él sus derechos."

   El marqués de Pescara quedó tan satisfecho de las actuaciones de Realino que, cuando tomó el cargo de gobernador de Nápoles en nombre de España, se lo llevó consigo como oidor y lugarteniente general.

   En Nápoles le esperaba a Bernardino la Providencia de Dios.

   La felicidad de este mundo es poca y pasa pronto. Clorinda se cruzó en la vida de Bernardino rápida y bella como una flor. Ella, que le había animado tanto en los estudios, murió apenas daba los primeros pasos en el ejercicio de su carrera. La muerte de Clorinda abrió en el alma de Bernardino una herida profunda que difícilmente podría curarse. Fue una lección de la vanidad de las cosas de este mundo.

   El recuerdo de aquella joven querida le alentaba ahora desde el cielo, presentándosele de tiempo en tiempo radiante de luz y de gloria y exhortándole a seguir adelante en sus santos propósitos.

   Un día paseaba el oidor por las calles de Nápoles cuando tropezó con dos jóvenes religiosos cuya modestia y santa alegría le impresionó vivamente. Les siguió un buen trecho y preguntó quiénes eran. Le dijeron que "jesuitas", de una Orden nueva recientemente aprobada por la Iglesia.

   Era la primera noticia que tenía Bernardino de la Compañía de Jesús. El domingo siguiente fue oír misa a la iglesia de los padres.

   Entró en el momento en que subía al púlpito el padre Juan Bautista Carminata, uno de los oradores mejores de aquel tiempo. El sermón cayó en tierra abonada. Bernardino volvió a casa, se encerró en su habitación y no quiso recibir a nadie durante varios días. Hizo los ejercicios espirituales, y a los pocos días la resolución estaba tomada. Dejaría su carrera y se abrazaría con la cruz de Cristo.

   Su madre había muerto, Clorinda había muerto. Su anciano padre no tardaría mucho en volar al cielo. No quería servir a los que estaban sujetos a la muerte. Pero, ¿cuándo pondría por obra su propósito? ¿Dónde? ¿No sería mejor esperar un poco?

   Un día del mes de septiembre de 1564, mientras Bernardino rezaba el rosario pidiendo a María luz en aquella perplejidad, se vio rodeado de un vivísimo resplandor que se rasgó de pronto dejando ver a la Reina del Cielo con el Niño Jesús en los brazos. María, dirigiendo a Bernardino una mirada de celestial ternura, le mandó entrar cuanto antes en la Compañía de Jesús.

   Contaba Bernardino, al entrar en el Noviciado, treinta y cuatro años de edad. Era lo que hoy decimos una vocación tardía. Por eso una de sus mayores dificultades fue encontrarse de la noche a la mañana rodeado de muchachos, risueños sí y bondadosos, pero que estaban muy lejos de poseer su cultura y su experiencia de la vida y los negocios. Con ellos tenía que convivir, y el ex-lugarteniente del virrey de Nápoles tenía que participar en sus conversaciones y en sus juegos, y vivir como ellos pendiente de la campanilla del Noviciado, siempre importuna y molesta a la naturaleza humana. Pero a todo hizo frente Bernardino con audacia y a los tres años de su ingreso en la Compañía se ordenó de sacerdote. Todavía continuó estudiando la teología y al mismo tiempo desempeñó el delicado cargo de maestro de novicios.

   En Nápoles permaneció tres años ocupado en los ministerios sacerdotales como director de la Congregación, recogiendo a los pillos del puerto, visitando las cárceles y adoctrinando a los esclavos turcos de las galeras españolas. Pero en los planes de Dios era otra la ciudad donde iba a desarrollar su apostolado sacerdotal.

   Lecce era y es una población de agradable aspecto. Capital de provincia, a 12 kilómetros del mar Adriático, es el centro de una comarca rica en viñedos y olivares. Sus habitantes son gentes sencillas que se enorgullecen de las antiguas glorias de la ciudad, cargada de recuerdos históricos.

   El ir nuestro Santo a Lecce fue sin misterio alguno. Desde hacia tiempo la ciudad deseaba un colegio de Jesuitas, y los superiores decidieron enviar al padre Realino con otro padre y un hermano para dar comienzo a la fundación y una satisfacción a los buenos habitantes de la ciudad, que oportuna e inoportunamente no desperdiciaban ocasión de pedir y suspirar por el colegio de la Compañía.

   Los tres jesuitas, con sus ropas negras y sus miradas recogidas, entraron en la ciudad el 13 de diciembre de 1574. Por lo visto la buena fama del padre Bernardino Realino le había precedido, porque el recibimiento que le hicieron más parecía un triunfo que otra cosa. Un buen grupo de eclesiásticos y de caballeros salió a recibirles a gran distancia de la ciudad. Se organizó una lucidísima comitiva, que recorrió con los tres jesuitas las principales calles de Lecce hasta conducirlos a su domicilio provisional.

   El padre Realino era el superior de la nueva casa profesa. En cuanto llegó puso manos a la obra de la construcción de la iglesia de Jesús y a los dos años la tenía terminada. Otros seis años, y se inauguraba el colegio, del cual era nombrado primer rector el mismo Santo.

   Desde el primer día de su estancia en Lecce el padre Realino comenzó sus ministerios sacerdotales con toda clase de personas, como lo había hecho en Nápoles. Confesó materialmente a toda la ciudad, dirigió la Congregación Mariana, socorrió a los pobres y enfermos. Para éstos guardaba una tinaja de excelente vino que la fama decía que nunca se agotaba. Después de los pobres de bienes materiales, comenzaron a desfilar por su confesonario los prelados y caballeros, tratando con él los asuntos de conciencia. "Lo que fue San Felipe Neri en la Ciudad Eterna -dice León XIII en el breve de beatificación de 1895- esto mismo fue para Lecce el Beato Bernardino Realino. Desde la más alta nobleza hasta los últimos harapientos, encarcelados y esclavos turcos, no había quien no le conociese como universal apóstol y bienhechor de la ciudad." El Papa, el emperador Rodolfo II y el rey de Francia Enrique IV le escribieron cartas encomendándose en sus oraciones. Tal era la fama de el "Santo de Lecce".

   Los superiores de la Compañía pensaron en varias ocasiones que el celo del padre Realino podría tal vez dar mejores frutos en otras partes y decidieron trasladarle del colegio y ciudad de Lecce. Tales noticias ocasionaron verdaderos tumultos populares. En repetidas ocasiones los magistrados de la ciudad declararon que cerrarían las puertas e impedirían por la fuerza la salida del padre Bernardino. Pero no fue necesario, porque también el cielo entraba en la conjura a favor de los habitantes de Lecce. Apenas se daba al padre la orden de partir, empeoraba el tiempo de tal forma que hacía temerario cualquier viaje. Otras veces, una altísima fiebre misteriosa se apoderaba de él y le postraba en cama hasta tanto se revocaba la orden. De aquí el dicho de los médicos de Lecce: "Para el padre Realino, orden de salir es orden de enfermar."

   Pasaron muchos años y la santidad de Bernardino se acrisoló. Recibió grandes favores del cielo. Una noche de Navidad estaba en el confesonario y una penitente notó que el padre temblaba de pies a cabeza a causa del intenso frío. Terminada la confesión la buena señora fue al que entonces era padre rector a rogarle que mandara retirarse al padre Bernardino a su habitación y calentarse un poco. Obedeció el Santo la orden del padre rector. Fue a su cuarto y mientras un hermano le traía fuego se puso a meditar sobre el misterio de la Navidad. De repente una luz vivísima llenó de resplandor su habitación y la figura dulcísima de la Virgen María se dibujó ante él. Como la otra vez, llevaba al Niño Jesús en sus brazos. "¿Por qué tiemblas, Bernardino?", le preguntó la Señora. "Estoy tiritando de frío", le respondió el buen anciano. Entonces la buena Madre, con una ternura indescriptible, alarga sus brazos y le entrega el Niño Jesús. Sin duda fueron unos momentos de cielo los que pasó San Bernardino Realino. Lo cierto es que, al entrar poco después el hermano con el brasero, le oyó repetir como fuera de sí: "Un ratito más, Señora; un ratito más." En todo aquel invierno no volvió a sentir frío el padre Bernardino.

   Llegó el año 1616. La vida del padre Realino se extinguía. "Me voy al cielo", dijo, y con la jaculatoria "Oh Virgen mía Santísima" lo cumplió el día 2 de julio. Tenía ochenta y dos años, de los cuales la mitad, cuarenta y dos, los había pasado en Lecce, dándonos ejemplo de sencillez y de constancia en un trabajo casi siempre igual.

   Muerto el padre, el ansia de obtener reliquias hizo que el pueblo desgarrara sus vestidos y se los llevara en pedazos, lo cual hizo imposible la celebración de la misa y el rezo del oficio de difuntos. Y, así, los funerales de este hombre tan popular y tan querido de todos tuvieron que celebrarse a puerta cerrada y en presencia de contadísimas personas.

FRANCISCO ZURBANO, S. I.

SAN RAIMUNDO GAYRARD Confesor


3 de julio

SAN RAIMUNDO GAYRARD
Confesor


   Los orígenes de la ciudad de Tolosa (Francia) se remontan hasta las emigraciones de los pueblos celtas (siglo IV antes de nuestra era), en el que los "bárbaros" descendieron hacia el Garona y fundaron en torno al viejo Tolosa un Estado cuya influencia debía extenderse hasta las orillas del Mediterráneo. Bajo la conquista romana, desde el año 125 antes de Jesucristo al 52 después del mismo, la Galia céltica se asimila la civilización del ocupante, y Tolosa, renovada al contacto con las instituciones romanas, constituye durante el primer siglo de nuestra era la ciudad más opulenta de la provincia Narbonense.

En esta ciudad galorromana penetró en el siglo III San Saturnino, fundador de la iglesia de Tolosa, cuya grandiosa figura se destaca en toda la antigüedad cristiana del sur de Francia. El fue quien plantó la iglesia, y él quien, por su sepulcro, es como signo visible de la apostolicidad de la misma. En su conmemoración se construyeron dos basílicas: una en el lugar de su suplicio, antiguo Capitolio, dedicada hoy a Nuestra Señora del Toro; la otra sobre su tumba, donde se veneran aún sus reliquias, y que es uno de los más célebres monumentos de la arquitectura románica.

Pues bien; a la construcción de esta grandiosa basílica está ligado el nombre de otro santo, San Raimundo Gayrard, cuya fiesta se celebra en Tolosa el 3 de julio y en las casas de los canónigos regulares de Letrán el día 8. Es más, habiéndose realizado, por breve de 4 de mayo de 1959, la Confederación de las cuatro Congregaciones de canónigos regulares de San Agustín que existen en la Iglesia, la fiesta de San Raimundo ha pasado a celebrarse en todas las casas de dicha Confederación en esta misma fecha.

Raimundo nació en Tolosa a mediados del siglo XI. Sus padres le hicieron entrar al servicio de la iglesia de San Sernín o San Saturnino, en la que fue cantor, aunque sin pertenecer al estado clerical. Allí vio comenzar los trabajos de la nueva basílica y cómo rápidamente, en los años que van del 1080 al 1096, se elevaban el ábside y el presbiterio. El papa Urbano II, el 24 de mayo de ese año 1096, consagraba solemnemente la parte de obra que se había acabado ya.

Joven aún abandona la basílica y se casa. Transcurren así unos años de vida tranquila y ejemplar. Pero su mujer muere joven y Raimundo decide no volver a casarse y dedicarse de lleno a adquirir la santidad. Lo hace por el camino que el mismo Señor nos ha marcado en el Evangelio: la práctica de la caridad. Una caridad sin límites, manifestada en la continua distribución de limosnas, de víveres, de vestidos, de buenos consejos. Tan amplia que alcanza a todos, incluso a los mismos judíos, entonces tan menospreciados. Una caridad que llega a simbolizarse en el asilo que logra construir para acoger a trece pobres, en honor de Cristo y de los doce apóstoles. Una caridad que le lleva también a realizar una hermosa obra al servicio de los caminantes: las crecidas del río Hers les causaban muchas dificultades y Raimundo encuentra la manera de construir rápidamente dos puentes de piedra.

Pero hay una cosa que le causa profundo sentimiento. La basílica de San Sernín, que había comenzado con tan buenos auspicios, se encontraba, sin embargo, casi detenida en su edificación. El pueblo se había cansado, y en Tolosa cundía el desaliento ante la enormidad del trabajo que quedaba por realizar. En ese momento toma Raimundo la dirección de la obra, que habría de conservar hasta el mismo día de su muerte. Todo cambia al contacto con su entusiasmo y su tenacidad. Trabajador infatigable, siempre en su puesto para dirigir y estimular a los obreros, va resolviendo al mismo tiempo las dificultades de carácter técnico, que no eran pequeñas, y las de orden económico, mayores aún. Cuidando con amor de todos y cada uno de los detalles consigue salvar el plan primitivo, que muchos consideraban completamente imposible. Edifica primero el transepto, después los últimos cuatro trozos de la nave, por fin los muros exteriores de los lados hasta el nivel de las ventanas altas. La muerte le impide acabar por completo la obra, pero, como hemos dicho, el plan primitivo se habrá salvado y sus sucesores, unas veces con mayor rapidez y otras, las más, con lentitud, irán terminando la obra. Sin embargo, aún hoy se puede apreciar en la maravillosa basílica la finura de la decoración y el mimo con que están tratadas las partes edificadas por San Raimundo.

Ocurrió lo que cabía esperar. De una parte, San Raimundo, entregado por completo a su vida de caridad y de trabajo al servicio de la Iglesia, concibió deseos de consagrarse enteramente a Dios. De otra parte, los canónigos no podían mirar con indiferencia a aquel admirable arquitecto que la Providencia les había deparado para terminar la obra emprendida. Raimundo solicitó ser admitido en el Cabildo. Y los canónigos no sólo accedieron, sino que poco después le dieron el cargo de preboste del Cabildo. Canónigo ejemplar, continúa edificando a sus hermanos durante el resto de su vida hasta morir santamente el 3 de julio de 1118.

Numerosos milagros se produjeron en su tumba, y bien pronto fue honrado como un santo. Sin embargo, no se obtuvo la aprobación de su culto por parte de la Santa Sede hasta el año 1652. Con ocasión de una gran epidemia, aplacada por su intercesión, se acrecentó grandemente la devoción hacia él, y el papa Inocencio X aprobó solemnemente su culto.

Su vida no fue escrita hasta el siglo XIII, y de esta única fuente parten todos los conocimientos que de él tenemos. Inocencio X recomendó que se le invocara en las enfermedades. Pero, con razón, varios autores modernos, como los monjes benedictinos de Hautecombe y de París, han señalado la oportunidad de invocarle también como patrono de los arquitectos, de los constructores y de los mismos arqueólogos, ya que manifestó de manera tan admirable su ciencia técnica, su habilidad y su conciencia profesional. En estos tiempos de incertidumbre en cuanto al camino que ha de recorrer el arte sagrado, la protección del santo canónigo tolosano, autor de una de las más maravillosas obras de arte de la cristiandad, podría ser prenda de acierto en tan difíciles problemas.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

SAN LEÓN II Papa y Confesor


3 de julio 


SAN LEÓN II  
Papa y Confesor



   Era Siciliano y su biógrafo elogia sus virtudes y su ciencia. Logró resolver el conflicto de Ravena. Dio su aprobación al Concilio de Constantinopla e hizo traducir del griego al latín los textos del mismo. Su nombre fue incluído en la lista de los Santos.

   Nació en Catania. Confirmó las decisiones del Concilio de Constantinopla, mandándolas traducir del griego al latín, sin dejar de subrayar el error de negligencia del que se hizo culpable el Papa Honorio, quien no tomó en seguida una firme posición contra la herejía monotelista «como le correspondía a un Papa». Honorio fue por esto condenado y excomulgado «post mortem» en el concilio mismo. León, si bien reconociera lo justo que era el documento conciliar, defendió la labor del Papa Honorio, justificándole y recordando las particularidades de la situación que le provocó. Solicitó al emperador Constantino IV para que emanara un decreto que estableciera las normas para la consagración del obispo de Rávena. Esta debía realizarse de todas maneras en Roma, y sólo después del acto de sumisión al Papa.

   Introdujo el agua bendita en los ritos cristianos y dispuso que éstos fueran celebrados con mucho fasto.

SAN IRENEO Y SANTA MUSTIOLA Mártires


3 de julio


SAN IRENEO Y  
SANTA MUSTIOLA
Mártires



   En el tiempo del emperador Aureliano era Turcio procónsul en la ciudad de Clusi, en la Toscana o Etruria; y ejecutando el edicto imperial contra. los cristianos en la ciudad de Sutri, el primero que llamó a su tribunal fue al santo presbítero Félix, ordenando que lo sacasen fuera de la ciudad, y que lo apedreasen hasta que acabase la vida, como así sucedió. Tomó secretamente el cuerpo despedazado de aquel santo mártir el fervoroso cristiano san Ireneo y habiéndolo sepultado junto a los muros de la ciudad, llegó la noticia de esta obra piadosa a los oídos del cruel Prefecto, por lo cual lo mandó prender, y cargándole de cadenas lo hizo venir siguiendo su carroza hasta la ciudad de Clusi donde lo puso en la cárcel con otros muchos cristianos presos. Una doncella y señora rica llamada Mustiola, que era prima hermana del príncipe C1audio, visitaba con frecuencia a aquellos fidelísimos soldados de Jesucristo, y con su hacienda y favor socorría sus necesidades y les regalaba cuanto podía. Dieron cuenta a Turcio de la gran caridad que la ilustre y santa virgen usaba con los cristianos presos; por lo cual este bárbaro juez la mandó prender, sin reparar en su gran nobleza. Entonces con el fin de poner espanto y terror a los cristianos de la ciudad, hizo degollar en un solo día a todos los que tenía cargados de prisiones en la cárcel, dejando solamente con vida a san Ireneo, en el cual quiso ejecutar todos los artificios de su crueldad para amedrentar y rendir, si fuera posible, el ánimo valeroso de aquélla santa doncella. Mandó pues que a su vista colgasen en el potroa Ireneo, y que en aquélla máquina le descoyuntasen los miembros, le despedazasen con uñas aceradas, y pusiesen fuego debajo, hasta que sin quitarle del tormento perdiese la vida, Hiciéronlo así los inhumanos verdugos, cebándose en la sangre de aquel fortísimo mártir de Cristo con extraña crueldad, por echar de ver que ni conseguían quebrantar su constancia y espíritu admirable, ni hacer mella en el pecho de la gloriosa virgen que estaba presenciando  aquel horrible martirio. Luego que el mártír acabó su vida mortal, mandó el impío juez que azotasen rigurosamente a la santa virgen con cordeles emplomados, hasta que ella se rindiese, o acabase la vida; lo cual ejecutaron los mismos sayones que habían martirizado a san Ireneo, y en este suplicio murió aquélla castísima esposa del Señor, siguiendo en la gloria del cielo al que había sido ejemplo de su fortaleza en el martirio. Los dos sagrados cuerpos enterró cerca de los muros de la misma ciudad de Clusi, Marcos, varón cristiano y religioso, donde hoy tienen un suntuoso templo; y hacen continuos milagros. con que es Dios en ellos glorioso, como siempre en sus santos.

REFLEXIÓN

   Observa en estos martirios como la piedad cristiana que usó san Ireneo sepultando el santo cuerpo del glorioso mártir san Félix, le ganó al instante la insigne corona del martirio; y la caridad que la gloriosa virgen santa Mustiola tuvo con los mártires encarcelados, fue asimismo premiada con la misma corona. ¡Oh, qué grande es la recompensa de las obras de caridad! Si las haces en favor de los santos, participas del mérito de su santidad; si las haces en alivio de los enfermos, participas del mérito de su paciencia; y siempre que haces bien a tu prójimo necesitado, mereces la recompensa que tuvieras, si lo hicieras a la persona de Cristo.

ORACIÓN

   ¡Oh Dios! que alegras nuestras almas en la anual solemnidad de tus santos mártires Ireneo y Mustiola, concédenos propicio, que nos enciendan en tu amor los ejemplos de estos santos, por cuyos merecimientos nos gozamos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SAN ANATOLIO DE LAODICEA Obispo


3 de julio 


SAN ANATOLIO DE LAODICEA 
Obispo



“Los árboles que crecen en lugares sombreados y libres de vientos,
mientras que externamente se desarrollan con aspecto próspero se
hacen blandos y fangosos; sin embargo, los árboles que viven en las
cumbres, agitados por muchos vientos y constantemente expuestos
a la intemperie, golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos
de frecuentes nieves, se hacen más robustos que el hierro”. 
(San Juan Crisóstomo).

   San Anatolio, originario de Alejandría, fue un insigne físico, geómetra, gramático, y filósofo. De las innumerables obras que compuso sólo nos ha llegado su Tratado de la Pascua, y fragmentos de diez tratados de aritmética. El martirologio romano afirma que "no sólo los cristianos sino también los filósofos admiran los escritos de San Anatolio". San Jerónimo alaba sus conocimientos de todas las ciencias, pero sobre todo su caridad. Murió el año 283, siendo obispo de Laodicea, en Siria.

SAN ANATOLIO DE CONSTANTINOPLA, Obispo


3 de julio


SAN ANATOLIO DE CONSTANTINOPLA,
Obispo
(458 d. C.)

   San Flaviano murió a causa de los malos tratos que había recibido en la asamblea conciliar de Efeso. Anatolio, que fue elegido para sucederle en la sede de Constantinopla, fue consagrado por el monofisita Dióscoro de Alejandría. San Anatolio, que era originario de Alejandría, se había distinguido en el Concilio de Efeso como adversario del nestorianismo. Poco después de su consagración episcopal, San Anatolio reunió en Constantinopla un sínodo, en el que ratificó solemnemente la carta dogmática ("el Tomo") que el Papa San León había enviado a San Flaviano, mandó a cada uno de sus metropolitanos una copia de dicha carta así como una condenación de Nestorio y Eutiques para que las firmasen. Inmediatamente después, lo comunicó así al Papa, protestó de su ortodoxia y le pidió que le confirmase como legítimo sucesor de Flaviano. San León aceptó, pero no sin hacer notar expresamente que lo hacía "más bien por misericordia que por justicia", dado que Anatolio había admitido la consagración episcopal de manos del hereje Dióscoro. Al año siguiente, en el gran Concilio de Calcedonia, que definió la doctrina católica contra el monofisismo y el nestorianismo y reconoció, en términos precisos, la autoridad de la Santa Sede, San Anatolio desempeñó un papel de primera importancia; ocupó el primer sitio después de los legados pontificios y secundó sus esfuerzos en favor de la fe católica. Es lástima que en la décima quinta sesión, a la que no asistieron los legados pontificios, el santo se haya unido con los prelados orientales para declarar que la sede de Constantinopla sólo cedía en importancia a la de Roma, haciendo caso omiso de los derechos históricos de las sedes de Alejandría y Antioquía, las cuales, según la tradición habían sido fundadas por los Apóstoles. San León se negó a aceptar ese canon y escribió a Anatolio que "un católico, y sobre todo un sacerdote del Señor, no debería dejarse llevar por la ambición ni caer en el error."

   Es muy de lamentar que no poseamos ningún dato sobre la vida privada de Anatolio, ya que su carrera pública presenta ambigüedades que concuerdan mal con su fama de santidad. Baronio reprochaba a Anatolio la forma en que había sido consagrado y le acusaba de ambición, de convivencia con los herejes y de algunos otros errores. Pero los bolandistas le absuelven de tales cargos. Los católicos del rito bizantino han celebrado siempre su fiesta el 3 de julio. El santo murió en esa fecha, el año 458.

   Los bolandistas publicaron una biografía griega muy encomiástica, tomada de un manuscrito de París. Dicho documento es de poco peso; pero en la historia general de la Iglesia se encuentran abundantes materiales sobre San Anatolio. Véase a Hergenrbther en Photius, vol. I, pp, 66 ss; DGH., vol. II, cc. 1497-1500; y las obras de historia referentes a ese período.

SAN HELIODORO, Obispo de Altino


3 de julio 


SAN HELIODORO,
Obispo de Altino
(400 d. C.)



   Heliodoro, que era soldado, conoció a San Jerónimo en Aquiles hacia el año 372 y se hizo discípulo suyo. Se trasladó con San Jerónimo y otros compañeros al Oriente; pero no pudo retirarse con ellos al desierto, pues pensó que el deber le obligaba a volver a su patria. San Jerónimo le reprendió severamente por ello, en una célebre carta que los primeros ascetas cristianos consideraban como una declaración de sus principios.

   Poco después de su retorno a Aquiles, Heliodoro fue nombrado obispo de Altino, donde había nacido. La elección fue muy acertada, como lo prueba el hecho de que San Jerónimo, a raíz de la ordenación sacerdotal de Nepociano, escribió a éste una carta en la que le exhortaba a tomar por modelo de su sacerdocio a su tío Helieodoro. Como se ve, San Jerónimo no perdió nunca el aprecio al discípulo que le había abandonado. Por su parte, San Heliodoro, junto con San Cromacio de Aquilea, ayudó económicame te a San Jerónimo, y le alentó en la empresa de traducir la Biblia allatín. San Jerónimo habla de la ayuda que le prestó San Heliodoro, en el prefacio a los libros de Salomón.

   Ver Acta Sanctorum, julio, Vol. I; pero la corta biografía latina que hay en dicha obra es de poco valor. La principal fuente son las cartas de San Jerónimo.Cf. DCB., vol. II, pp. 887-888.